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El baúl de Mawey

Relatos y cuentos

EL HOMBRE VESTIDO DE TIEMPO

El hombre vestido de tiempo
 
El reloj de sol por fin se duerme. El cielo se viste de raso, y las hojas de las palmeras danzan suavemente, mecidas por el ritmo de una hoguera. En la playa, un hombre y una mujer descansan junto a un fuego.

 El hombre alimenta las llamas lanzando ramitas secas, como un tributo al pensamiento rutinario. Gira su mirada hacía una sombra cercana. Hace tiempo que ella duerme plácidamente a su lado. Un poco más allá, todavía tiembla de miedo una vieja tabla de navegación, grabada a mano con extraños números, símbolos y dibujos.
Así comienza otra noche más sobre la huérfana arena.

 Quizás hasta aquí parezca una típica historia de amor entre un hombre y una mujer, en una isla solitaria. Pero no hay niguna isla, ni tampoco es un relato romántico.
 Todo lo contrario, la situación es dramática. Sólo son dos personas perdidas, en el mismo espacio, en distinto tiempo. No tienen alimentos. No al menos, los alimentos acostumbrados que hay en los hogares cotidianos, o incluso en las islas de las típicas historias de naúfragos.

¿Por qué una playa? Se preguntará el lector. Pero, ¿qué peor sufrimiento que hallarse frente al mar en una playa desierta, prisionero por una barrera de olas de cuatro metros? Y más allá, un deseo imposible. Y junto a ti, una vida inalcanzable. Y en medio, un mar de silencio imponente.

Hacía mucho que aquel hombre se alimentaba sólo de tiempo. Cultivaba relojes en la arena, y todos los días recogía algunas minutos para reavivar un poco su cuerpo. No muchos, pues debía racionar los días y los sentimientos. Así fue creciendo de paciencia por dentro, mientras su cuerpo poco a poco se hacía invisible, al menos invisible a los ojos acostumbrados a los cuerpos cotidianos.  Un día despertó, confundido con su entorno: las nubes, las palmeras, el viento, las rocas y la arena. Desnudado de cualquier necesidad, vestido de tiempo, retuvo a su pesar, algo de humano: el miedo.

 Pero en la vida sin espacio de aquel hombre de tiempo, un día surgió algo inesperado:
Una ola lanzó a la orilla una tabla de navegación, y sobre ella, una mujer de carne y hueso.
¿Qué es una tabla de navegación? Cualquier tabla que pueda navegar, de madera, de fibra, o de palabras.

 La mujer consiguió levantarse a pesar del dolor, y comenzó a dejar pequeñas huellas en aquella arena, en aquel espacio sin tiempo. Todos los días, vestida de valor, se lanzaba al mar subida en su tabla y remaba con fuerza, acercándose a la gran muralla de olas que la retenía. El hombre la observaba desde la playa, confundido y al mismo tiempo acobardado. Porque, como muchos intentos en la vida, pensaba que éste también sería fallido. ¿Para qué perder el tiempo en algo sin sentido?.
Y una y otra vez, el mar la devolvía envuelta en la marea; a un espacio cada vez más ajeno, con menos tiempo.

 Al llegar la noche, la mujer encendía un fuego, secaba sus lágrimas, calentaba sus manos y con el rostro encendido se dormía placidamente. Pero antes de hacerlo, grababa sobre la piel de su tabla extraños símbolos, dibujos y señales, usando siempre la misma piedra que, con el paso del tiempo, tomó la forma de su mano. Puede parecer imposible, pero la piedra y la mano se hicieron amigas inseparables.

 Sólo entonces, el hombre se acercaba a ella en silencio, atraído por aquellos símbolos, atraído por aquellas llamas que alimentaban los sueños de la mujer. Sobre la arena, las huellas peregrinas y dispersas de ella, formaban una extraña danza contra el tiempo, con la bailarina luz de aquellas llamas.

 Se sentaba a su vera y la observaba fijamente, como se observa a un ser increible. A veces lo increible puede ser lo más sencillo, como una sombra, un dibujo o un recuerdo. Aquellos símbolos de la tabla le traían recuerdos de palabras, de un tiempo pasado, que adelgazaban su propio tiempo y le asustaban. Allí, junto a él, se encontraban una tabla y una mujer desconocida, en el mismo espacio, en distinto tiempo. Ella se alimentaba todas las noches de fuego y esperanza, mientras él se alimentaba de tiempo, que el fuego y los recuerdos devoraban. Es entonces, cuando el hombre comprendió.

 Al alba se despierta el reloj sobre la arena. La mujer vuelve como siempre a la orilla, con su misma tabla, y la piedra en una mano. Mira fijamente el mar y lanza la piedra. El hombre que hasta entonces la había observado en silencio, se transforma lentamente en un cálido viento. De golpe la mujer se lanza al mar, remando furiosamente contra corriente. Aunque claro, todos los días había remado furiosamente contra corriente.

 Pero a diferencia de otros días, y cuando parece que las olas podrán de nuevo con ella, el mar comienza a calmarse sin motivo aparente. La mujer sigue luchando con las crecidas olas, que sin embargo ya no rompen enfadadas, sino que se deslizan bajo su vientre y la levantan. El mar la empuja suavemente, y la mujer consigue atravesar aquel muro que la retenía prisionera.

 Sentada sobre su tabla, cansada, vuelve la vista atrás. Ya no distingue la playa ni tampoco la arena, no puede ver las palmeras. De aquel tiempo ya no queda nada. Ni siquiera el miedo.
 La mujer sonríe. Sabe que por fin lo ha conseguido, que volverá a tener su espacio, que tendrá de nuevo tiempo.

 ¿Y el hombre? Se preguntarán.

 Aquel hombre saltó por encima del miedo, y supo ser un viento calmo y un mar corriente. Pero para ello, tuvo que agotar todo el tiempo de su espacio, el de sus palmeras, sus rocas, sus recuerdos y sus relojes de arena. Se quedó sin tiempo y murió por ella.

"Por amor" pensarán; No, todo fue por un recuerdo.

Miguel Ángel W. Mawey 12-11- 2005 ®

Relato "El recluso"

Estimado juez:
Han pasado algunos días desde mi arresto y deseo exponerle mi caso de nuevo, porque me niego a rendirme. Estoy convencido que esta vez se revisará mi causa y se hará justicia.
Todo comenzó aquella noche de nieve, miedo y alcohol. Entonces en la trinchera alguien gritó: -¡A donde va ese valiente!-.
Un soldado, sin más ropa que sus botas y como armamento su cuerpo, corría desnudo por la nieve hacia el frente enemigo, gritando -¡Viva la libertad!-. Mis ojos vislumbraron asombrados cómo dos individuos vestidos de blanco camuflaje corrían tras él, agitando entre sus manos algo que parecía ser una bandera o una camisa blanca, mientras le gritaban para que regresara. Mi mente pensó rapidamente: Era el todo o nada. Mientras un compañero atacaba en un acto de heroismo inenarrable, otros pretendían rendirse. Amartillé mi subfusil y vacié mi cargador sobre los traidores y después salté de la trinchera, lanzándome a la carrera tras los pasos del valiente compañero. No temblaron mis piernas al cruzarme con el enemigo mientras huían tomando nuestra retaguardia. Al fin conseguí alcanzar las líneas enemigas, no sin antes llorar al cruzarme con el cuerpo sin vida del heróico compañero. A su lado se encontraban también los cadáveres de los traidores que intentaron detenerle. Si después nuestro ejército se rindió y perdió posiciones, no pueden culparme por ello. Siempre he sido muy consciente de mi valentía, y a ella soy fiel tanto como a mi país. No es justo por tanto, que mi propio gobierno me retenga prisionero en esta cárcel tan sombría, sin reconocer mi valor. Espero que esto sirva para que usted ponga fin al lamentable error cometido en mi persona. Esperando de nuevo noticias suyas,
se despide su más fiel servidor y cumplidor con la patria.

(Una de las muchas cartas almacenadas en las dependencias de una penitenciaria militar, dirigida al Coronel de Prisiones del Pabellón Psiquiátrico, y escrita por un prisionero capturado al ejército enemigo, el cual lleva recluido diez años después de finalizada la contienda)

Miguel Ángel W. "Mawey" 13-XII-04

MIL HORAS DE AZAR. 4

EL BULEVAR
 
Desde el bulevar se alza el bullicio de la gente que pasea. La terraza del bar está repleta de mesas, de sonidos metálicos, de voces, del entrechocar de cristales y risas, confundidas con los motores de los coches que circulan despacio por la gran avenida. La iluminan elegantes farolas que parecen flores donde los mosquitos bailan su eterna melodía de las noches veraniegas.
 
Se encontraba en su vacío y oscuro salón. Abrió el ventanal de par en par.
El calor que sentía era abrasador. 
 
Unos niños juegan a las canicas en la arena. Sus padres charlan animadamente mientras toman unas cervezas.
 
Sonrió al ver la escena. Cuando tenía siete años se había gastado su paga comprando las mejores canicas, a las que había pulido la superficie con mimo. Incluso les puso nombre. Fue un excelente tirador.
Pero un día, un niño soso y callado que sostenía en su mano un viejo saquito de canicas, le retó.
En la última mano, la bolita mellada de aquel chico desvió su lanzamiento, y después de chocar contra una chinita, su canica se paró en el mismísimo quicio del guá. La bolita del chico entró, y él perdió todas las suyas. 
 
Una academia de estudios apaga las luces y baja las persianas. 
 
Desde pequeño estudió con ahínco, y obtuvo brillantes notas. Tan sólo una vez intentó copiar, pero la vergüenza que pasó cuando el profesor le levantó por las orejas, fue suficiente para no intentarlo de nuevo. Se le notaba demasiado, y no iba con su forma de ser. Amante de las matemáticas, comenzó a tener muy claro que conseguiría todo en su vida a base de esfuerzo y dedicación.
Y así fue. Terminó su carrera de ingeniería industrial con brillantes notas. 
 
Un hombre anciano pasea por el bulevar, mientras una mujer, quizá su esposa, empuja su silla de
ruedas. 
 
Al terminar la carrera sufrió un accidente que le dejó la pierna derecha prácticamente inútil. Sucedió al cruzar una calle. La calle de siempre, por el lugar de siempre. Así de simple. Torció el tobillo, perdió el equilibrio y su cuerpo fue a parar a la calzada, en el preciso momento que pasaba un coche.
Los médicos consideraron que a pesar de la cojera, tuvo suerte por no perder la pierna. Pero él siempre tuvo la sensación opuesta. Su débil naturaleza le había regalado unas piernas de cristal para caminar lo necesario, pero no para tropezar, porque parecía que todos los agujeros estaban hechos para él. 
 

Dos hombres sentados en la terraza, en corbata y con la mangas remangadas, con sus chaquetas colgadas en el respaldo, charlan entre papeles del trabajo y cervezas sin apagar, encima de la mesita de metal. 
 
Su voluntad era de hierro. A pesar del trauma del accidente, salió adelante de mil entrevistas.  Consiguió al fin un buen puesto de trabajo en una importante siderurgia, como supervisor adjunto. Fueron pasando los años y ahorró una pequeña fortuna que le permitió comprar un hermoso ático, en la gran avenida.
Desde sus ventanales, al llegar la noche, le gustaba contemplar los bulevares, las torres iluminadas y las calles plagadas de coches, formando una serpiente multicolor que inundaba lentamente las calles, de humos, bocinazos y gritos. En dirección contraria peregrinaban por las aceras un tumulto de personas, buscando apagar su sed.
La ciudad, a sus pies. 
 
Un gran coche de lujo lleva meses aparcado en el bulevar, totalmente abandonado. Tiene los cristales rotos y el morro abollado. 
 
Pero llegó la reforma económica. La crisis y el paro aumentaron considerablemente en el país.Y su siderurgia quebró. A pesar del vértigo que le produjo el vacío del despido, su voluntad no se quebró, y con el dinero que le pagaron montó una pequeña papelería. Su propio negocio. Él sería su propio jefe.
Ciertamente, podría haber ofrecido también tabaco y lotería al igual que su contrincante, el dueño de aquella tienda cochambrosa al final del bulevar. Pero se negó a ello. Odiaba el juego, y el riesgo no iba con su forma de ser. El tiempo pasaba, la renta subía, y sus ganancias bajaban. 
 
Una pareja se besa y acaricia en un banco apartado de las farolas. 
 
El cristal de la ventana abierta le trajo su propio reflejo, como siempre asombrado:
Un hombre ajado, con una barba que disfrazaba las cicatrices del accidente. Recordó el primer beso que dio a una mujer. Aquella vez gastó toda la paga de un mes para aprender todo sobre el sexo femenino.
Pero fue en vano. Sus genes eran sus genes, y la belleza estaba reñida con su espejo. Daba lo mismo. Se conformó con pagar por placer. Su relación con las mujeres se convirtió en un puro negocio. ¿Quizá por eso su tan afamado machismo?
Pero, maldita sea, a pesar de las preacuciones, una cualquiera le transmitió una enfermedad incurable.
Y ahora ese virus, ese pequeño y asqueroso bichito en su sangre, le robaba la vida poco a poco. 
 
Un hombre busca desesperado en su cartera para pagar la cuenta. cuando la encuentra respira profundamente, entre las risas de sus vecinos de mesa. 

 
Esta misma mañana había vendido la tienda y el ático.
Al atardecer se puso su mejor traje y se marchó al Casino. Nunca había estado allí.
Mientras cenaba en su famoso restaurante contemplaba las mesas de ruleta francesa. Se escuchaban las voces de los crupieres, el murmullo nervioso de los apostantes y el tintineo de las fichas al ser recogidas en manada.
- Hagan juego, señores - Y la bolita rodaba armoniosamente por la ruleta, mientras se hacía el silencio a su alrededor.
Contra lo que su razón le dictaba, se acercó a una mesa, y apostó.
Sin ton ni son, a negro ó rojo, a suerte sencilla, o a la máxima apuesta. Su dinero, sus manos y su corazón volaban, mientras a su alrededor crecían montones de fichas de colores y mirones. La gente comenzó a rodearle, a comentar y a mirarle; los crupieres cambiaban de turno entre molestos e incrédulos. 
 
La camarera de la terraza sonríe cuando por fin el cliente de la terraza encuentra la cartera y le entrega una gran propina, entre los aplausos de sus contertulios. 
 
La chica del casino que servía cigarros y copas a los jugadores, se había mostrado con él solícita y sonriente, esperando a cambio su limosna entre tirada y tirada. Pero a pesar de los esfuerzos de la chica, él tenía su vista perdida en la ruleta.
Por fin decidió retirarse mientras alrededor sonaban algunos aplausos tímidos. Un guardia de seguridad le acompañó hasta la caja y después hasta la puerta, pues la suma obtenida era
impresionante. Al atravesar la sala, escuchó cómo algunas voces comentaban no recordar a nadie que hubiera ganado tal cantidad de dinero en una noche. Al salir, el aire frío de la noche le golpeó el rostro. Pidió un taxi y regresó a su ático. 
 
De una mesita de metal cae una botella medio llena, y con estrépito se rompe haciéndose añicos, provocando nuevas risotadas entre los contertulios de la terraza. 
 
Sonreía ante aquel torbellino de recuerdos que iban y venían mientras su botella de ginebra se vaciaba. Miró su botella medio vacía, y miró de nuevo el cristal del ventanal. Sonrió al ver su vida reflejada en tan pocos minutos, en el bulevar.
Por fin le había ganado a la suerte la partida. Y en su propio terreno. Estaba feliz y eufórico.
No, no sería el azar quien por fin le derrotara.
El mismo elegiría su propia muerte.
 
Y asomándose al quicio de la ventana, dejó caer la botella,
y saltó. 
 
FIN
 
Miguel Ángel W. 7 de Abril del 2004 ®

Basado en el relato que Chéjov nunca llegó a escribir,
 pero cuyo argumento dejó anotado en sus apuntes:
"Un hombre acude a jugar al casino, y esa noche gana una fortuna.
 Recoge las ganancias, regresa a su casa y se suicida."

MIL HORAS DE AZAR. 3

"HELENA"

En una habitación vieja y carcomida de un hotel sin estrellas, una chica medio desnuda se encuentra sentada delante de una desvencijada y carcomida mesita de escritorio. Sostiene en su mano inmóvil un bolígrafo.

"Querido Julián:"

Desesperada porque no encontraba las palabras, Helena arrugó la hoja, dejándola caer al suelo. La alfombra estaba sembrada de bolitas de papel, convertida en un pequeño cementerio de ilusiones y desesperación.
Tomó de nuevo aire, y abriendo el quejoso cajoncito de la mesita, cogió otra cuartilla; miró al papel; acercó su mano y... nada.
No querían brotar las palabras. Era inútil.

Una ráfaga de aire sacude los amarillentos visillos de la ventana, y de improviso la cuartilla vuela lentamente hasta la cama.

Observaba la escena, resignada. El papel en blanco fue a parar sobre su cama, tan vacía y arrugada como sus cuartillas.

Es una noche de Agosto, el calor es agobiante. Sobre la deshecha cama descansa un viejo vestido negro, corto y escotado. Helena empuja su sillón arrastrándolo con las piernas y tira de la cadenita de la lámpara de sobremesa como quien acaba de ir al retrete. Se dirige al interruptor de la luz del techo y lo golpea.

Todo crujía en su habitación, desde el suelo hasta la tapa del váter. No aguantaba la luz de esa sucia bombilla, rodeada de un techo salpicado de desconchones y manchas de humedad. Además se encontraba en bragas y sujetador, y no quería que al asomarse a la ventana los mirones le dieran el coñazo con sus miradas y silbiditos de costumbre.

Acerca el vago sillón hasta las cortinas y tanteando coge de la mesita el cenicero, el tabaco y el mechero. De un tirón corre los visillos y abre la ventana de par en par. Se sienta sobre el sillón, con las piernas dobladas y los pies sobre el asiento, mientras enciende un pitillo y mira el cielo.

Le llegaba bien claro el bullicio del bulevar.
¡Por qué, maldita sea, por qué no encontraba las palabras adecuadas, por qué morían los sentimientos en su mano!. Odiaba esas malditas cuartillas blancas, odiaba ese pequeño y sucio cuarto.

La ceniza cae sola sobre el cenicero. Gritos y risas en la calle. El aire entra a ráfagas refrescantes, que le acarician el rostro y le mecen el pelo.

¡Qué placer, después de tanto calor!. Cerró los ojos un instante. Pero sin querer su mente se disparó, soñando con unas manos, aquellas manos... no; maldita sea, otra vez no; tenía que intentar controlar su desbordante imaginación.

Aplasta violentamente la colilla contra el cenicero y se levanta de un salto del sillón, que se queja de nuevo por tan repentino abandono. Se dirije al baño, enciende la luz y se pone ante el espejo.

Intentó pintarse un poco en aquel diminuto y rajado espejo. Pero la brocha se quedó quieta un instante, mientras su mirada se perdía, como si buscara a alguien. Hacía ya mucho tiempo que no había visto su cuerpo desnudo, reflejado completamente en un espejo. Tan solo veía unos ojos, unos labios, una pálida tez manchada, llena de defectos, acentuados por los desconchones y las rajas de aquel maldito espejito, que le mostraba los peores detalles de un rostro que no reconocía como el suyo.

Se cepilla con fuerza el pelo y deja caer el cepillo. Se pone una diadema recogiendo su melena rubia y ayudada por la luz del baño, sale tanteando hasta alcanzar la cama. Se embute el vestido negro. Abre el cajón de la mesilla de noche y recoge algunas monedas, su teléfono móvil y unas pulseras. Sus pies tantean el suelo hasta calzarse los zapatos que se esconden avergonzados bajo la mesilla. En un bolso de tela que cuelga del perchero de la entrada guarda unas cuartillas, el bolígrafo, el dinero y sus gafas. Coge la llave de la habitación, se para un instante para mirar la habitación antes de salir, y cierra de un portazo.

-Buenas noches, ahora vengo Mateo -Helena dejó caer bruscamente la llave sobre el mostrador de recepción, saliendo rápidamente del hotel.
-De acuerdo, señorita, buenas noches -contestó Mateo. Al aire.

Cruza la calle hacia el bulevar, dirigiéndose a la terraza del hotel. Su mirada busca una mesa libre.

El bulevar estaba más repleto de lo que imaginaba. Por fin encontró una mesita vacía junto a otra donde dos hombres vestidos con corbata, se llenaban de papeles, junto a un par de jarras de cerveza. Hablaban acaloradamente sin parar, asi que supuso que no le darían la lata, "o eso espero", pensó.

Se acerca a la mesa y se sienta de espaldas a ellos. En ese momento las voces de aquellos hombres se apagan repentinamente.

"Lo que me faltaba, hoy no, por favor" pensó asustada.

Pasados unos interminables segundos, los dos hombres vuelven a charlar atropelladamente.

No pudo evitar escucharles, pues hablan sin reparo, en un tono brusco y fuerte: Negocios, dinero, mujeres. "Qué aburridos son estos ejecutivillos agresivos".
-¿Qué va a tomar? -la voz del camarero la sorprendió por la espalda.
-Un café solo con hielo, en vaso grande, y póngale un chorrito de crema de orujo, por favor.

Mientras el camarero se retira saca el tabaco, el mechero y sus cuartillas. Pone el cenicero encima de las mismas, no sea que el viento quiera robarle de nuevo sus palabras, y su mano, armada del bolígrafo, se acerca sigilosamente al papel.

"Querido Julián:"

Su pulsera repiquetea sobre la mesa metálica. Los hombres callan de repente.

"Mierda". Fastidiada por las llamativas pulseritas, pensó para sí que todo lo que la rodeaba sonaba, todo hablaba, todo crujía, que todas las cosas y las personas que la rodeaban parecían tener mucho que decir, incluso sus propias pulseras.
Todo el mundo, menos ella. Y su mano se paralizó, muerta de miedo.
-Perdone, ¿podría darme fuego? -lo que faltaba, uno de esos tipos se atrevía a pedirle fuego. Helena miró de reojo a la mesa de aquellos tipos. Su cenicero estaba lleno de colillas.
"¡Qué desfachatez, que forma tan torpe de ligar!" pensó enfadada.

Sin mirar al hombre a los ojos le acerca en silencio el mechero.
Escucha el chasquido de la piedra y una bocanada de aire.

No. No pensaba regalarle ni una mirada ni una sonrisa.

-Gracias.
-No hay de qué -contesta en tono seco y distante. De nuevo suena la silla metálica detrás suya, al ser arrastrada cuando el hombre toma asiento. Silencio. Los hombres vuelven a su conversación.

"¡Menos mal!" suspiró aliviada.
Bien, de nuevo el papel, ahí delante, en blanco. Acercó temblando su mano.
- "No, no puede ser, otra interrupción, es increible" -.

-¿Podría darme algo, por favor?.
Un mendigo de aspecto joven, de rostro delgado, vestido con un pordiosero y enorme abrigo, extiende hacia ella su mano: Una mano seca, arrugada y sucia.

Aquella mano no temblaba; no se movía; parecía más bien que la estuviera señalando.
Entonces Helena dió un respingo. El mendigo la miraba fijamente a los ojos. Y su mirada era totalmente inexpresiva.

-Lo siento, estoy pelada -responde azorada, girando la vista.
Pero aquella mano sigue allí, estirada. Aquella mirada sigue observándola.

"Joder "pensó," no me lo voy a despegar en todo el rato".

-Deja en paz a la señorita; toma, yo te doy algo, márchate -la voz que dice esto es la misma que le ha pedido fuego un instante antes.
De repente, se escucha la voz del mendigo, bien clara y serena:
-Hijo de puta -dice el mendigo mirando a los ojos del hombre. Sin moverse, sin inmutarse.

Estupor en los ojos de Helena, que no pudo evitar girarse para mirar asombrada.

-¿Como dices, fulano? -chirría la silla metálica y el hombre encorbatado se levanta- ,repítelo otra vez si te atreves, anda.

Helena no podía dar crédito a la escena. El hombre de corbata llevaba la camisa remangada y parecía bastante corpulento. El mendigo parecía un canijo a su lado, un desgraciado y pobre despojo. Pero sin embargo el mendigo no se movía. Miraba fijamente al hombretón, aprentando en su puño cerrado las monedas que el hombre le había entregado.

-Hijo de puta -repite muy despacio y claro el mendigo.
El hombretón se acerca a él rápidamente con el puño levantado, cuando en ese momento un chillido agudo y contínuo sacude el aire, al mismo tiempo que un golpe violento, metálico y grave, se extiende atronador por el aire.

"¡Dios mío!". Helena, atónita, empujó de un golpe su mesa al girar bruscamente su cuerpo, asustada.

La mesa donde se sentaban los dos hombres de negocios se encuentra aplastada. En el suelo, entre cristales, papeles y sillas tiradas, yace el compañero del hombretón. Sobre él, un desfigurado cuerpo toma una imposible postura, como si se tratara de una marioneta abandonada. Ambos se encuentran inmóviles en el suelo, encharcados en sangre. Tan solo sigue el mismo histérico chillido agudo que corta la respiración.

A Helena le entraban unas ganas tremendas de girarse hacia la mujer que gritaba para darla de bofetadas y callarla. Sus ojos bailaban locos sobre la escena. La gente la empujaba, arremolinándose alrededor de la doblada mesa, de los cuerpos caídos en el suelo.
-¡Un médico! -gritaba alguien.
-¡Que alguien llame a una ambulancia! -gritaba otro.
En medio del caos, Helena buscó con la mirada al otro hombretón y al mendigo. Asombro en sus ojos. Habían desaparecido.

Se levanta despacio de su silla olvidando en la mesa sus cuartillas, las pulseras y el boligrafo. Tiembla sin parar.

Sólo deseaba regresar a su asqueroso, aunque repentinamente querido, cuarto. Helena cruzó a toda velocidad la calle para entrar en el hotel.

Mientras cruza la calle, el viento empuja las cuartillas abandonadas sobre la mesita de la terraza.

"Querido julián:"

Sin más palabras, la cuartilla vuela por el aire hasta posarse casualmente al lado de la persona que, como una marioneta rota, yace sobre la aplastada mesa.

Miguel Ángel W. "Mawey"
1 de Julio del 2004 ®

MIL HORAS DE AZAR. 2

"LUNES"

Otro lunes más. El día amenaza con un gris plomizo y eterno.
Juan decide quedarse sentado en el banco, como otros tantos lunes, para ver a la gente pasar. Hace mucho frío, pero enfundado en aquella especie de abrigo-gabardina enorme, no parece que el clima le afecte mucho. Está acostumbrado.
Mira a uno y otro lado. Los viandantes siempre caminaban los lunes con prisa, y eso le hacía sonreír burlonamente. Gira su muñeca mientras la observa. No lleva reloj.
A su lado, la cafetería del hotel Santo Val, tan repleta que no cabe ni un minuto, hace caja sirviendo urgentes y diminutos desayunos a precio de oro.
Levanta su rostro un momento, saboreando el olor a bollo recién hecho, a café, a mantequilla. Siempre que su nariz recibía los olores de aquellos manjares, le entraba la misma picazón.
Se rasca fuertemente la nariz, y un escalofrío le recorre el cuerpo de repente.
Se envuelve todavía más en aquella gabardina ancha y sucia. Frunce el ceño. Aquel contraste de aromas era realmente vomitivo.
Un pie le empieza a doler. Demasiado temprano. Se quita su zapato con vistas, y lo sacude fuertemente contra el suelo. La gente al pasar le mira con cara de incredulidad y sonríen. A su espalda hay un cartel bien grande, donde se lee claramente la palabra "DINERO".
Otros, seguramente acostumbrados a su presencia, le saludan con una sonrisa afable, y dejan caer algunas monedas sobre su bordado pañuelo, perfectamente limpio y estirado en la acera.
El montón de monedas va brillando cada vez más.
Suena la campana de una iglesia cercana. Juan mira al frente. Las diez de la mañana. Hora de moverse, de desperezarse.
En la otra acera, cruzando la calle, una persona le mira sin moverse, sentado en el suelo;
frente a sus pies, algo parecido a una boina, o quizás una gorra, se muere de frío,
huérfana de dinero.
Juan recoje su pañuelo, con cuidado de no perder ninguna moneda, y cruza la calle para acercarse a su colega. El otro hombre se levanta del suelo, sonriente, para saludarle. Charlan amistosamente mientras Juan enciende un cigarro y se lo pasa.
Comienza a llover lentamente. Ambos corren para cruzar la calle y dirigirse a la cafetería.
Pasada media hora, el mendigo sale con sus zapatos rotos y la gabardina puesta, mientras Juan
le entrega el puñado de monedas que había recogido antes.
Saca un reloj de pulsera, se lo pone, y da un respingo.
Eran las once de la mañana y aún tiene mucho que hacer.
Se despide de su colega con un fuerte apretón de manos-¡Que dura es la vida, amigo! Hasta el lunes que viene.
Mientras el mendigo se despide sonriente, Juan dobla su pañuelo con cuidado y lo guarda en el bolsillo de su americana.
Dando grandes zancadas, Juan se dirije a su banco donde segurarmente le esperan impacientes, pues es el director de la sucursal.
No sin antes romper la multa del ayuntamiento que se arruga, mojada, sobre el parabrisas de su mercedes. Y es que nunca se acuerda de renovar el inútil papelito de la zona azul.
-

Miguel Ángel W. "Mawey"
24 de Mayo del 2004 ®

MIL HORAS DE AZAR .1

"EL SOLAR"

I

Aunque es temprano, delante del Hotel Santo Val un vagabundo muy peripuesto pasea nervioso por la acera. De en vez en cuando hace muecas y gestos de burla a espaldas del portero creyendo no ser visto. Sin embargo, éste le observa por el reflejo de los cristales de la puerta.
"Paciencia" le dice el conserje al portero, al mismo tiempo que levanta los hombros. Trabajan juntos en este hotel desde hace meses. Todos los empleados hacen un poco de "todo", intercambiando sus puestos y ayúdandose en muchas ocasiones. Recuerdan lo sucedido a su compañero el mes pasado. Todavía sigue de baja.
El portero mira a su compañero, resignado, pero mantiene la compostura.

II

Cerca de las nueve de la mañana, aparece un BMW negro. El portero se acerca raudo para abrir su puerta trasera a la vez que intenta apartar al mendigo del coche, pero éste se pone a gritar mientras lloriquea como si le hubieran azotado.
Surge de la nada un remolino de transeúntes que parecen apoyar al vagabundo, pues de todos es conocida la agresividad de los porteros en este país, y cualquier momento es bueno para luchar ociosamente por la libertad. Y si es a pequeña escala y en los ratos libres, mejor.
Ante el lamentable y creciente espectáculo, y temiendo lo peor, el director pasa rápidamente al desdichado a su despacho.
-Dígame, buen hombre, ¿A qué se deben esos gritos?
El director parece no reconocer aquel rostro juvenil y majestuosamente apolillado. El vagabundo, iracundo, le grita:
-¡Usted es un cínico. No me diga que no sabe el motivo, porque lo sabe muy bien!
El director, enarca las cejas y calla. Y mientras su mente hace un esfuerzo por recordar, el vagabundo prosigue:
-Lo tengo grabado, se lo pongo.
El director, suspira. Ahora recuerda.
El mendigo saca una grabadora de no se sabe donde y la pone en marcha. Un chorro entrecortado de frases violentas brota de la cinta. Al final de la misma, chisporrotean voces, gritos y ... ¿Risas y música?.
El director no comprende nada.
-¿Y que me quiere decir con eso? -pregunta extrañado.
El vagabundo se enoja:
-Pero bueno, ¿No reconoce mi voz en la cinta? -y termina chulesco- o qué.
-De acuerdo pero...
-¡Ni pero ni nada, esta persona me estuvo insultando sin parar!
-Oiga, yo no he escuchado que...
Pero sin dejarle tiempo a terminar, el vagabundo rebobina la cinta con un marcado gesto de impaciencia y la vuelve a poner en marcha.
Afinando el oído, el director consigue escuchar:

"-Le repito que ni su comportamiento, ni su forma de vestir, ni su lenguaje son los adecuados para este hotel, asi que salga por favor, da igual que tenga dinero.
-Tengo todo el derecho del mundo a decir lo que me plazca, usted no es quien para echarme. Mi dinero vale tanto como el de cualquiera.
-En este hotel se siguen ciertas normas, no le volveré a avisar más. Deje su pancarta, modere su lenguaje, y ... vístase algo mejor.
-La pancarta la llevo conmigo si me da la gana, y en cuanto a mi forma de vestir, es cosa mía, ¿no le parece, sargentillo de pacotilla?

(A continuación se escucha algo así como una oveja balando; después se escuchan empujones y gritos; le siguen improperios de una tercera persona, y por último y más claro que el resto, se escucha la voz del portero gritar...)

-¡¡¡... Imbécil, no vuelvas más por aquí!!!!

(Un grito; risitas y una música de fondo que se parece sospechosamente a la del telediario).

Silencio.

III

El director traga saliva. Y por fin dice, aturdido:
-Esa voz, es la del portero de hace un mes, ¿Verdad? pero si está en el hospital...
-¡Premio para el caballero! -grita triunfal el mendigo.
-Pero si ... !Fue usted quien le tiró de la lengua y se la rajó con algo cortante! -le replica el director, atónito.
Pero el vagabundo no calla e insiste:
-El me empujó primero... -y frunce el ceño.
El director, mosqueado con la cinta, decide preguntar algunas cosas que no le quedan claras.
-A ver... no entiendo bien, la cinta... ¿la grabó mientras luchaban? ¿Y esas otras risas, y la música de fondo?
-Luchar? de eso nada, yo soy muy elegante y nada violento, señor mío. El único boxeador es su portero, y en cuanto a la cinta, sí, lo grabé todo porque estoy cansado de sus empujones y prepotencia. Esta vez ha ido demasiado lejos.
El director calla, y al rato, insiste de nuevo:
-Pero si su pancarta era ofensiva...además, ¿Y las risas y la música, de donde salen?
El vagabundo parece exasperarse con tanta pregunta. mira al techo como esperando ver a Dios, y con cristiana paciencia, replica:
-Mi pancarta ponía "portero cabrón, te has convertido en un felón".
Sonríe el vagabundo y se reclina en su asiento, satisfecho.
El director sigue sin salir de su asombro ante la actitud del mendigo.
-Pero si esta cinta... ¡parece manipulada!
Y traga saliva. El vagabundo salta de su sillón, como empujado por un resorte:
-¡Pero bueno, usted de qué va! En esta cinta tenía un montón de cosas mías grabadas, ¿No esperará que ese tipo de cosas las haga públicas, no? Tengo derecho a cortar, añadir o hacer lo que me de la gana con ella.
Y el vagabundo se reclina sobre el asiento, con un claro gesto de enfado y de incredulidad. Piensa que se ha topado con el director más sordo y subnormal de todos los hoteles que han pasado por aquel solar.

IV

Asombro del director. Nunca pensó que un tipo pudiera a la vez ser tan bien hablado y chabacano. Y piensa para sí "¡...Pero si ha añadido comentarios y se le oye reir con alguien más, y encima se oye el telediario de fondo...!".

El director tiene paciencia. Pero se le está agotando. No sale de su asombro ante la desfachatez del vagabundo.
Cierto, recuerda el director, el portero de entonces insultó al mendigo. Pero eso sucedió después que el vagabundo se hubiera pasado con él varias calles...
El director decide por fin dar por terminada la charla, ante la actitud claramente provocadora del mendigo:
-Verá, lo lamento, pero este hotel es privado, y tenemos unas normas, que gusten o no, todo persona debe seguir. Lo lamento, si me disculpa ahora, tengo que seguir haciendo más cosas, pero su cinta... la tendré en cuenta.
El director se levanta, esperando que su gesto invitara al mendigo a hacer lo mismo.
Pero nada más lejos de la realidad. El mendigo sigue apoltronado mientras disfruta del sillón, muy seguro de su posición.
-"Persona" dice... soy tan "persona" como su portero, que lo entienda bien.Tengo tanto derecho a entrar aquí como cualquier otro ¡Para eso pago mis impuestos!
Y alargando tanto su mano como el tono de su voz grave, continúa:
-¡Mire, no me provoque, que si yo quisiera!
En un rápido ademán, el vagabundo muestra bajo su chaqué de galán mal coronado, el brillo de una lengua de acero, un filo recién usado.
Pero el director ya había avisado a los de seguridad, y estos levantan al mendigo sujetándole por los brazos.
De pronto, manotazos y patadas del mendigo, gritos y amenazas en la entrada del hotel, ante la callada y atónita mirada de los clientes del hotel.
-Haré otra pancarta para ti, mamarracho, ¡No tienes ni idea de quien soy yo!
grita el mendigo, tirado en la acera, mientras otra voz, procedente de la calle, hace burla al portero imitando el balido de una oveja.

V

El vagabundo se levanta al rato y sacude el polvo de su estupendo y variopinto traje.
-No malgastes tus palabras, amigo, ya te dije que no merecía la pena tanto esfuerzo. Emplea mejor tu dinero en pagarte una habitación en el mesón, y de paso me invitas a vino.
Quien dice esto es el otro mendigo, un hombre con pinta de chulo malencarado, con una pierna doblada y apoyando su zapatilla con vistas, sobre una farola. Esconde sus manos en una chaqueta de pana tan vaga, que parece un eterno otoño esperando que florezcan los botones en alguna primavera. Mastica sin parar un roñoso palillo mientras mira a su compadre atento.

-Joder, -susurra el mendigo- tengo derecho a entrar. ¡Este hotel es mío!
-Ya, ya, -le contesta amistoso el vagabundo del palillo- te entiendo. Esta gentuza son todos iguales, desprecian a los demás sólo porque se creen los dueños. Ya vendrán tiempos mejores, compañero.
El mendigo chuleta dedica unos cortes de mangas y un dedo corazón al portero, mientras conduce a su enojado amigo con unas palmaditas en la espalda hacia el mesón de la esquina, un lugar que daba pánico, con tan sólo su presencia.
Sentados tras una mesita carcomida y tapados por un tintorro rosáceo mal ordeñado, dice el chulo:
-Recuerdo cuando esto era un solar... ¡Qué tiempos aquellos! Pero todo es cuestión de esperar.
(Dan otro trago mientras el joven mendigo farfulla y el chulo prosigue)
-Ya se irán... van como seis hoteles distintos en este lugar. Algún día este solar será nuestro de nuevo, camarada -(le guiña un certero ojo mientras apura el vaso, y sigue):
-La próxima pancarta la pinto yo en toda la fachada.¡Se van a enterar estos de quien soy yo!
Mientras dice todo esto, el vagabundo del palillo va desviando su mirada.
El alcohol de sus venas le hace seguir el rítmico vaivén de la joven posadera que intenta sacar brillo a la vieja y rayada cerámica del suelo.
-Si no es eso, joder, -el joven mendigo gimotea- si es que me llamo Toval. Toval, que no te enteras.
Y prosigue:
-¡que este hotel es el mío, coño, y yo tendría que ser el director, o al menos su portero!
Y despegando de sus labios el vaso, y entre sollozos, saca su grabadora del bolsillo lanzándola con tal violencia que la posadera se gira de un brinco, topando sus ojos con la mirada del audaz y avieso mendigo del palillo, ,mirada que parece ocupar toda la estancia.

VI

Aunque el joven sigue soltando sus cultas impertinencias entre sollozos, el chuleta ya no le escucha. Se Había levantado de un salto como un pavo prepotente, y se acercaba a la joven posadera, para intentar ligar, por enésima vez, con la posadera del mesonero.

Fin

Miguel Ángel W. "Mawey"
7 de Abril del 2004 ®"

Un cuento con cuento

UN RELATO CON CUENTO
[Advierto que no he podido evitar escribir dos cuentos, uno para niños junto a un relato para mayores. Comencemos pues:

Erase una vez la historia del...

EL CUENTO DEL ARMARIO.
 
- Papá, ¿por qué no me cuentas un cuento?
- ¿Cuál quieres que te cuente?
- ¡ ...mmm... inventado!
- Vale -el padre se queda pensativo-, pero cuidado que este es de miedo eh.
- ¡Vale! -sonrisa de la niña.

 
"Érase una vez, una niña llamada..."
 
- María -dice la niña-. Eso -responde el padre-.
 
"Érase una vez una niña llamada María, que vivía con su madre en una ciudad muy grande,
 tan grande que la niña nunca supo donde terminaba. Solía jugar en su cuarto con sus muñecos
 y cacharros. A veces se aburría mucho porque no tenía hermanos, y su madre estaba siempre
 muy atareada. Su padre había desaparecido hace tiempo."
 
-¿Sabes por qué?
-¡No, por qué!

 
"Su madre le había contado cómo su padre se fue un día a buscar un cuento perdido, y nunca más regresó."
 
- ¿Un cuento? que tontería, papá -sonrisa burlona de la niña, que no se lo cree-. Sigue, sigue.
-¿Sigo?
-Sí, venga.
-Bien.

 
"...Una mañana estaba la niña jugando tranquilamente en el dormitorio, cuando de repente,"
 
-¿Sabes que pasó? Pues...

 
"...¡En el interior de su armario, sonó un extraño ruido!"
 
- ¡Anda! ¿Y qué era?
- Espera.

 
"La niña, asustada, corrió buscando a su mamá.
- ¡Mamá, mamá, en el armario he oído algo raro!
- Ahora voy a mirar -su mamá no parecía tener prisa-, y al llegar al dormitorio, la madre abrió el armario."
 
- ¡Uh! -grita el padre. La niña pega un brinco.
- No hagas eso más, papá, jolines.
- vale hija, ¿seguimos?
- Sí, sí.

 
"- ¿Ves? no hay nada -dijo la madre, apartando la ropa-. La niña miraba a la vez en el interior, y por fin quedó medio convencida.
Cuando su mamá regresó a la cocina, María se quedó sola y silenciosa, de pie en medio del cuarto, mirando alrededor. Entonces... ¡Se dio cuenta de algo especial!"
 
- ¡El qué, el qué! -pregunta ansiosa la niña.
- espera.
- ¿Sabes que vio?, mejor dicho, ¿sabes que no vio?
- ¡El qué el qué!
 
"En la estantería donde estaban todos sus cuentos... no había ninguno!.
Maria, la niña, pegó un brinco, asustada. ¿Dónde estaban sus cuentos?
¡Pero si hace un momento estaban allí mismo! Miró el armario y recordó el ruido de antes,
y decidió abrir sus puertas, llena de miedo. Con una linterna en una mano,
comenzó a buscar entre la ropa amontonada: jerseys, chaquetas, bufandas, mudas...
María se metió en el interior, gateando entre los abrigos y los trajes de su padre,
pero no encontró nada especial."
 
- Qué rabia, ¿no? -dice el padre, ante la cara de asombro de la niña.
- Sigo contando:

 
"Cuando de repente..."
 
- ¿Sabes que pasó?
- ¡El qué, el qué!

 
"...apoyó sus manos en el fondo del armario... ¡ y la pared se movió!
¡Qué susto! Pero aun así, la niña no salió corriendo, y con la linterna iluminó
el hueco abierto detrás de la pared.
Solo se distinguía un túnel muy oscuro y pequeño que parecía bajar formando una escalera de caracol.
Sin pensarlo María bajó muy despacio por la escalera.
A medida que iba bajando, su corazón sonaba como un tambor. Su curiosidad podía al miedo."
 
- Era muy curiosa, como tú.
- Jo papá, sigue -codazo y sonrisa de la niña.
- Bien, pues...

 
"María fue bajando los peldaños; mientras lo hacía, pudo distinguir un resplandor que iba en aumento,
y que parecía provenir del final de la escalera. La luz era tan fuerte que ya no necesitaba
su linterna. De repente, Se paró.
Los escalones se terminaron. Allí delante había un salón enorme y oscuro,
iluminado por la luz del fuego de una chimenea. El suelo del salón estaba repleto
de cientos de libros tirados, desordenados y rotos."
 
- ¿Y sabes que libros eran?
 
"¡Eran sus cuentos perdidos! Al principio, Maria no se atrevía a dar un paso.
Paralizada por el miedo, miraba alrededor. No escuchó ningún ruido sospechoso... tan sólo
el sonido de las llamas de la chimenea donde algo se quemaba crujiendo,
mientras la luz del fuego bailaba haciendo extrañas sombras en el techo."
 
- ¿Sabes que estaba ardiendo en la chimenea?
 
"En la chimenea estaban ardiendo un buen montón de cuentos suyos.
¿Quién había llevado allí sus libros? ¿Quién había encendido el fuego para quemarlos?
Quien fuera, había entrado por el armario para quitarle sus libros, y debía estar cerca... "
 
- ¡Qué miedo!
- No te asustes, que estás conmigo -sonrisa del padre-. Sigo.

 
"La niña se acercó muy despacio, dando un paso, luego otro, después otro más...
Al acercarse a sus cuentos tirados en el suelo, tomó en sus manos uno de ellos, pero, ¡oh, no!"
 
- Qué pasó papá, qué pasó.
 
"¡Habían desaparecido todos los dibujos y personajes del cuento!. La niña comenzó
a mirar todos los cuentos con nerviosismo, entre enfadada y asustada.
- ¡Cómo es posible! -se dijo-, ¡mis cuentos están vacíos, no tienen nada!
Cuando de repente, encontró uno que aún conservaba un personaje:
Era uno de sus cuentos preferidos, aquel que le contara su papá muchas veces por la noche:
El cuento de la pequeña princesa convertida en rana saltarina.
La ranita había escapado por los pelos de la quema, gracias a que era muy rápida saltando.
- ¡Corre María, corre, sácanos de aquí, nos tienen atrapados a todos! -le gritó la rana a la niña.
La niña, asustada, no sabía que hacer, y preguntó a la rana:
- Pero, ¿dónde estáis atrapados?
-Aquí, aquí mismo, ¿no lo ves?
Pero la pobre niña no veía nada. De pronto, el fuego comenzó a crepitar más fuerte,
y un libro que se estaba quemando saltó disparado de la chimenea para caer
en las mismísimas narices de María.
La niña lo recogió sorprendida. ¡Pero si no estaba quemado!"
 
- Anda... -la niña tiene la boca abierta.
 
"Pero al abrir María el libro, este tenía las páginas en blanco, y lloraba de pena."
 
- pfffff un libro que llora, que tontada papá.
- Espera, espera, ya verás.

 
"Las letras... resbalaban de pena por el suelo! Si, se caían las letras poco a poco,
mientras el libro decía entre gemidos:
- ¡Me han quitado el argumento y mis personajes... !"
 
- Qué es el argumento, papá.
- Pues el alma del cuento, hija. Sigo.

 
"María miró asustada hacia aquel extraño fuego. Sus llamas parecían hacerse
más y más grandes, el fuego parecía crecer, y la niña tuvo la sensación de que
la estaba observando.
- ¡Corre! -gritó la rana.
La niña recogió como pudo, dentro de un pañuelo de papel, las letras
que aquel cuento había llorado, y metiendo a su querida rana en el bolsillo
salió corriendo hacia la escalera de caracol. Pero al llegar a ella..."
 
- ¿Sabes que pasó?
- No, ¿Qué?
 
"...¡La escalera de caracol había desaparecido! En ese momento las llamas se volvieron
terriblemente grandes y azuladas mientras salían de la chimenea, cubriendo todo el techo
del salón. El fuego gritó a la niña:
- ¡Cómo te atreves a molestarme!
El grito fue tan fuerte y profundo que la niña corrió y corrió por toda la estancia sin saber
qué hacer, hasta que sin pensarlo dos veces se metió en el único rincón que pudo encontrar:"
 
- ¿Sabes cuál era?
- ¿Cuál?

 
"¡La chimenea!
- ¡Noooo! -gritó la rana-. Pero ya era tarde. El fuego se hizo cada vez más fuerte mientras
rodeaba a la niña, gritando entre malvadas risas:
- Tú eras el último personaje que me quedaba por quemar...
Y en medio de una luz muy intensa y malvada, la niña ¡desapareció!."
 
- Enciende una luz papá, que me esta dando miedo.
- No, porque es un cuento de miedo; pero coge mi manga si quieres.

 
"Pero...
No, María no había desaparecido, porque el suelo de la chimenea se hundió de golpe.
La niña resbaló por un túnel oscuro como si fuera un tobogán, y fue a parar a... ¡plaf!.
Cuando llegó abajo, el suelo estaba blando.
Un montón de letras y dibujos grises se amontonaban en el suelo.
La niña, asombrada, iluminó con su linterna el suelo, pero casi no le quedaban pilas.
El suelo estaba lleno de..."
 
- ¡Increible! ¿Sabes qué?
 
"...¡de todos los personajes de sus cuentos! Palabras, títulos, portadas y personajes,
todos tirados, sin color alguno. Ninguno se movía, solo se escuchaban sus gemidos.
Incluso su ranita parecía que iba perdiendo poco a poco su color.
- Moriremos olvidados para siempre... haz algo María -dijo la rana entre gemidos, haciendo un gran esfuerzo.
La niña aterrada, no sabía que hacer.
Iluminó las paredes de aquel recinto: No había puertas, ni ventanas, nada, no se podía subir
por el tobogán, pues estaba en el techo. Su linterna iluminaba cada vez menos.
Era imposible. No vería nunca más a su madre. Nunca mas leería un cuento.
Y María comenzó a llorar y a llorar sin parar, llena de pena."
 
- Entonces, ¿sabes que pasó?
 
"Las lágrimas de la niña comenzaron a resbalar por sus ropas,
y mientras resbalaban iban recogiendo los colores del vestido.
Parecían pequeñas perlas rojas, azules, doradas, verdes, amarillas...
todas sobre su pecho y su falda.
Entonces María tuvo una idea. No se le ocurría otra cosa mejor. Con un dedo
fue recogiendo sus lágrimas teñidas de color, para dejarlas caer sobre los grises
personajes de sus cuentos, tirados por el suelo.
Y estos, poco a poco, fueron tomando vida. Cuando María quiso darse cuenta,
¡estaban danzando, correteando por toda la oscura habitación! ¡Aquello parecía una fiesta!.
La ranita, viendo que a la niña se le agotaban las lágrimas, dijo:
- Por mucho que nos pintes... no podremos salir de aquí.
Aquello puso tan triste a la niña que no paró de llorar. Eran tantas las lágrimas que los
personajes siguieron coloreándose y recobrando la vida.
Hasta que ya no quedó sitio para una sola lágrima más.
Entonces, el libro que había llorado en el salón, antes de cerrarse para siempre, dijo sus últimas palabras:
- María, pinta con mis palabras una ventana muy grande en alguna pared.
Así lo hizo la niña. Tomó con sus manos las palabras del libro, y en una de las paredes
de la habitación, colocó las palabras una a continuación de otra, dibujando con ellas
una enorme ventana. Después, con alguna de las lágrimas que aun le quedaban en los ojos,
pintó los cristales de azul cielo, y con las últimas letras que había guardado de aquel libro,
compuso la siguiente frase:
"Esta ventana será mi imaginación".
Cuando de pronto... "
 
- ¿Sabes que pasó?
 
" ...la ventana inventada se abrió de golpe, y la luz iluminó todo el cuarto;
todos los personajes revivieron llenos de color, mientras corrian para escaparse
atravesando la ventana, alocadamente, dando gritos de alegría.
- Corre -le dijo la rana a la niña-, que el fuego viene por el túnel; hay que salir
antes de que nos alcance.
Efectivamente, el fuego bajaba por el túnel del techo y se acercaba muy enfadado y
echando humo, gritando sin parar.
La niña esperó a que el último y más querido de los personajes de sus cuentos
se escapara, pero la ranita no quiso salir.
- Yo cerraré la ventana para que el fuego no salga nunca más y así no pueda
quitarte tus cuentos de nuevo -dijo la rana a María.
Y mientras dijo esto, empujó muy fuerte a la niña para que saliera y cerró
tras de sí la ventana de un golpe.
La niña se puso a gritar llamando a su querida rana, pero de repente, miró a su alrededor,
sorprendida."
 
-¿Sabes donde estaba?
 
"¡Se encontraba otra vez en el interior del armario!
Sus puertas estaban abiertas de par en par. Entraba mucha luz al interior.
Desde allí la niña pudo ver la estantería del cuarto donde se encontraban,
bien ordenados y limpios, como nuevos, todos sus cuentos. Todos, menos uno:
El cuento de la ranita.
A pesar de la pena que sentía, la niña comprendió el gran valor que su ranita tuvo,
como siempre, para que los demás pudieran salvarse.
María salió del armario y fue corriendo a ver a su madre.
- ¡Mamá, mamá, he conseguido rescatar a todos mis cuentos del fuego malvado!
- Qué bien -le dijo su madre mientras planchaba.
- ¿Y sabes qué? ha sido gracias a la ranita del cuento que papá me contó;
si no es por ella, no estaríamos aquí.
María sonreía muy orgullosa, y regresó corriendo al dormitorio para leer de nuevo,
uno por uno, todos los cuentos de su estantería.
Se prometió que nunca más olvidaría los cuentos de su infancia.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado."
 
- ¡Fin! ¿Te ha gustado?
- Sí, mucho -dice en voz baja la niña, abrazada a la manga de su padre.
- Pues ahora salgamos un rato a jugar, ¿vale?
- Vale -responde la niña.
 
 La niña sale corriendo a ver su madre y la dice muy contenta que papá
le ha contado un cuento nuevo, jugando al escondite en el armario
ropero del dormitorio.
Su madre la sonríe y la abraza, y mientras María sale corriendo a jugar,
se le escapa sin querer una lágrima, al reconocer en su hija
los rasgos de su padre, y su misma imaginación.
Aunque hace muchos años que ya no está con ellas.
 
Fin. (del segundo cuento)
 
M.A.W. "mawey" 15 de Octubre del 2004®

Relato "Autostop" (la curva)

AUTOSTOP

Me desperté al alba. Era una mañana clara, distinta de las demás, lo presentía.
Decidí levantarme temprano para coger el coche y salir a conducir libremente, sin ningún destino en concreto. Me sentía feliz sin saber el motivo y parecía que el cielo me sonreía esa luminosa mañana. Arranqué el coche, rugido suave, pié en el pedal... tenía ganas de viajar al azar.

Nada más salir del estrecho camino inclinado de arena, que conducía a mi casa, frené como siempre para mirar a ambos lados, pues aquella curva fue siempre peligrosa. Era una vía ancha, de doble sentido, que bajaba de una colina anterior, y no tenía casi visibilidad.
Pero la carretera parecía despejada, no se vislumbraba un solo coche en lo que mi vista alcanzaba. Tan sólo el gris oscuro, recién asfaltado de la carretera entre suaves curvas de bajada, cercada por altos y frondosos árboles.

Arranqué deprisa pero al poco, me encontré con la primera sorpresa del día: Unos cientos de metros mas allá, una chica hacía autostop. La sorpresa de la mañana parecía corresponder con mi alegría al despertar. Decidí parar, pues no me costaba nada llevarla, aunque no tenía costumbre recoger a personas desconocidas de la carretera, más que nada por desconfianza y sobre todo porque siempre tenía mucha prisa por ir a trabajar.
Pero esa mañana, no tenía prisa ni destino, así que no tuve reparos. Además, la chica......parecía hermosa, y sería una agradable compañía.

- "¡Hola!" Me gritó efusivamente ella por la ventanilla.
-" ¿Puedes llevarme al pueblo más cercano?"
-"Claro, no hay problema, no tengo prisa, solo he salido a pasear" Respondí con una sincera sonrisa, pues noté en su rostro cierta tensión o desconfianza. "Sólo faltaba que se asustara ella, en vez de asustarme yo" Pensé, riendo en voz baja.
Después de saludarnos, sin presentarnos ni nada, comenzamos a charlar del tiempo, del trabajo, de la vida. Había que romper el fuego, pensé, y decidí comenzar a bromear:
-"¡Oye, no serás tú la chica fantasma que se aparece en las curvas!"
Risotadas de ella y mías (Quizá más bien para romper la tensión al no saber que decir).
-"¡Si, lo soy!" Respondió ella, siguiendo el juego.
"Ags........ ¡Para una vez que ligo, no puedo comerme nada!" Grité entre risas. Parecía que el ambiente se había relajado con su respuesta y mi broma.

Y así seguimos bromeando, entre chistes, tonterías y chascarrillos sencillos y fáciles hasta que en un tramo de carretera, divisamos un bar ó restaurante con pinta de taberna típica, estilo caserón de carretera. Le pregunté si no le importaba que paráramos para tomar un café (yo no había desayunado, y ella parecía también hambrienta).
-" Yo invito" Respondió ella, con una amplia sonrisa en la cara.
Pero el chasco fue mayúsculo, al comprobar que en el interior, no había nadie atendiendo el local. El caso es que olía a café y pan recién hecho (el olor parecía alimentar más mi hambre), asi que golpeé la barra del bar repetidas veces.
- "¿Algún alma caritativa nos podría dar de comer?" dijo ella en tono lastimero entre risas, poniendo cara de pobre muerta de hambre. Pero nadie contestaba. Silencio, excepto el murmullo de la madera del suelo y el crepitar del fuego en una chimenea.
Comenzamos a reír los dos.
- "¿Nos auto servimos?" Risas y más risas. Pero al final, cansados de esperar, dije:
-"Bueno, sigamos, no vaya a ser que vuelva el dueño y le demos un susto de muerte" Aun así, no pude remediarlo y al salir, le di repetidas veces a las campanillas de la puerta que anunciaban la entrada de algún cliente, y como si fuéramos niños pequeños haciendo una travesura, salimos corriendo entre risas sin esperar.
En realidad, me había fastidiado un poco que no estuviera el dueño atento a la barra. "¿Abrir para eso?" Pensé
- "Quizá estará detrás de la casona, ocupado con el ganado o limpiando el prado, y es un hombre mayor, que no espera que a estas horas llegue nadie." Pensó ella, y yo asentí sonriendo.

Arrancamos el coche y decidimos seguir camino.
Mientras ella conducía ("Déjame conducir, no es que no me fíe de ti eh" Me dijo entre risitas burlonas, pero poniendo cara de falso enfado, acepté complacido), me dediqué a jugar con la radio, buscando alguna emisora que pusieran canciones.
Comencé a cantar algunas letras que escuchaba en la radio, pero cambiando las mismas en plan de guasa, y ella me siguió la corriente, entre risas y más risas.
Fue desde luego una mañana estupenda. En mi interior, tuve la sensación que mi intuición de por la mañana había sido acertada.

-"Por cierto, no te he dicho, pero realmente no tengo prisa ni destino alguno en concreto... ¿Quieres que sigamos hasta el mar?" Dijo ella de repente con una sonrisa radiante. No pude negarme. El mar nos pillaba a media hora de camino nada más, y el día parecía ser cada vez más y más luminoso.
-"Te enseñaré mi lugar secreto" Continuó ella, viendo mi asentimiento.
Y después de muchos kilómetros al volver un recodo en lo alto de una colina, divisamos entre árboles, prados y riscos, el mar.
No recordaba un mar tan azul como aquel. La playa estaba desierta, seguramente por ser laborable y por la mañana (Tengo que confesarlo, no quise ese día ir a trabajar) y teníamos kilómetros de playa para nosotros. Todas las olas nos miraban.

No recuerdo cuanto tiempo estuvimos jugando, corriendo, bañándonos y tumbados al sol medio dormidos., Pero llegaba la tarde y había que regresar.
Volvimos dando un breve paseo a nuestra carretera de partida, cogidos de la mano. En un instante cualquiera, me atreví a darla un beso sincero, tranquilo, rozando sólo sus labios, con una sonrisa de agradecimiento en mi rostro.
-"Gracias por un día tan lindo" Le dije rápidamente para evitar el bochorno de mi comportamiento. Ella no respondió nada, solamente sonreía, y mirándome a los ojos, me devolvió el beso, ese beso que me pareció eterno y precioso.
Nos despedimos de nuevo en la misma vereda del camino donde nos habíamos encontrado por la mañana, con un simple gesto de la mano y un beso volado, y ella giró la espalda para seguir su camino carretera abajo. Yo seguí tranquilamente caminando para alcanzar la curva que llevaba a mi casa, recordando sin parar cada sensación, cada momento de aquel intenso día.

De repente, recordé: ¡No le había preguntado ni su dirección, ni su nombre, ni su teléfono, ni cuando volveríamos a vernos!.
Mi corazón dio un brinco. El miedo a la soledad se apoderó de mí, y regresé corriendo por la cuneta, pero ella ya no estaba.
Me paré en seco.
¿Donde estaba mi coche? ¿Como habíamos vuelto tan deprisa?
Comprendí de nuevo, y me sentí de repente desolado.
Al llegar al principio del camino de arena en mi curva, me senté para ver atardecer sobre una roca que sobresalía, grande y hermosa. A lo lejos, el Sol se escondía de nuevo, y mi sombra se alargaba cada vez más hasta confundirse con el negro de la carretera.
Me quedé inmóvil, convertido en sombra, sin poder regresar, sin saber quien era, como siempre, como todos los días, en mi curva dichosa....

....Con la esperanza que Dios me regalara otro día de vida como aquel, para volver a ser persona de carne y hueso, para volver a encontrarme con la que un día fue mi mujer.
En mi curva, en su curva. En aquella curva que fue nuestro final, hace ya tanto tiempo.....

Miguel Ángel W. "Mawey"
Mayo del 2004 ®

Cuento "El caracol"

EL CARACOL

I

Era mediodía y estaba agotada. Se sentó en un banco de madera mientras columpiaba sus pies ("asomada a la borda de un barco pirata"), miraba sus zapatillas azules y sus tiznadas puntas de carbonilla (" es pólvora, de tanto luchar contra los malos").
Tenía los carrillos sonrosados, y a pesar del sudor, su melena rubia brillaba aún más bajo el sol de mediodía. Miraba el prado de la rotonda, en la plaza donde solía jugar ("es una isla que esconde un tesoro"). En su prado se elevaba una pequeña palmera ("el árbol del ahorcado, en el cerro más alto de la isla").
La batalla había merecido la pena. Sus amigos ("piratas y fieros navegantes") retornaban a puerto para comer. Pero su padre ("mi rescatador") seguía leyendo el periódico, sentado en un banco (perdón, barco), algo más alejado.
Cuando de repente, percibió a su lado un ligero movimiento.
Un caracol se movía sobre el banco, acercándose a su mano. ¡Y a toda máquina!
La niña estaba asombrada al ver un caracol correr tan deprisa.
Acercó el rostro para verlo mejor.
-Hola! -gritó de pronto el caracol. Y diciendo esto, pegó un salto y fue a parar a la palma de su mano.
La niña miraba divertida, primero al caracol y luego a su padre ("A veces en vez de escatarme me tortura con sus bromas").
-Hola -respondió la niña tímidamente. El caracol daba saltitos sin parar.
-Hola, ¿No sabes quien soy? -repetía el caracol.
-Un... ¿Caracol muy divertido? -respondió ella riendo.
-¡Nooooo!,¡soy tu imaginación!
La niña no salía de su asombro. Su imaginación. Carcajada. ("¿Será el sol? ¿Será que tengo hambre?").
No estaba ni mucho menos asustada, sino contenta ante semejante descubrimiento.
El caracol continuó saltando y diciendo:
-¡Gracias por rescatarme de la isla de los piratas! Me he subido a los cordones de tus zapatillas.
Pero en medio de aquella sorpresa tan divertida, su padre doblaba el periódico. Así que rápidamente escondió el caracol en su pañuelo, y lo guardó en la bolsa de la pelota.
Y tomando la mano de su padre, regresó a casa.
Al llegar, emocionada, corrió a casa para enseñárselo a su madre.
-¡Mira mamá! -la madre dejó por un momento la cocina para acariciar el cabello de su hija ("que sucio está, por dios bendito")- Lávate las manos antes de comer -dijo mientras le daba un sonoro beso. Al mismo tiempo se agachó para ver de cerca el pañuelo abierto que su hija le mostraba.
-¡Anda, un caracol¡ -exclamó sonriente. Pero de reojo pudo ver a su hija frunciendo el ceño.
-¡Que no mamá, que es un caracol mágico! -replicó la niña. Y lo empujó con un dedito, intentando que saltara y hablara.
-Vamos, amigo, venga -le decía dulcemente. Pero el caracol no se inmutaba.
La madre calló, sonriente. Viendo los ojos tristes de su hija, dijo:
-¿Sabes que vamos a hacer? lo vamos a poner en una cajita, con lechuga, para que descanse. Seguramente, luego hablará.
Y dicho y hecho, el caracol pasó a ser la mascota preferida de la niña.

II

Cada día la niña se acercaba a la caja, la limpiaba, sacaba al caracol a pasear por su mano y le hablaba. Ya no bajaba a jugar al parque ("tengo cosas importantes por las que preocuparme").
Pero el caracol no decía nada y parecía que se movía torpemente. La niña estaba preocupada.

-Hija, ¿De verdad no quieres dar un paseo con tu padre?
Su padre le preguntaba sentado desde el sofá, mirándola por encima de las gafas.("Mi papá no entiende nada"). Fue entonces cuando una mueca surgió en su rostro.
Al mirar a su padre, solo veía un hombre en zapatillas, con pinta mas bien de estar cansado. Su mirada se entristeció. ("No parece que sea mi rescatador").
Su madre bajaba con sus otras hermanas a la calle "Hasta luego, nos vamos a la plaza. Si quieres acercarte, ya sabes donde estamos". Dos sonoros besos y el murmullo de la puerta.
La niña se asomó por la ventana. La luz era alargada y cálida. En el patio sus amigos corrían
en bicicleta haciendo cabriolas, persiguiéndose, riendo y saltando por los bancos.
En ese momento apareció su madre llevando de la mano a sus hermanas, con gesto cansado.
Que pequeñita parecía.
La niña dio un respingo. Su madre había cambiado de repente. Ya no era aquella princesa que antaño recordaba.
Se asustó. Algo iba mal. Miró de reojo al salón. Su padre seguía sentado, en zapatillas, con sus gafas aburridas dormidas a media nariz, junto a un periódico medio doblado de sueño.
La tristeza, la oscuridad y el silencio parecían rodearla. Hacía días ("siglos") que cuidaba a su caracol, y éste no parecía reaccionar.
Entonces se tumbó en la alfombra, delante de la caja de zapatos-vivienda del caracol, justo frente al ventanal de su habitación. Apoyó su rostro sobre las manos, en gesto reflexivo.
Sus ojos miraban atentamente a su quieta y muda mascota. El caracol parecía darse cuenta, devolviendo la mirada y moviendo sus antenas.
En ese momento su mirada voló a través de los visillos, y se encontró con la plaza de sus juegos, y en medio de la misma, la rotonda de césped con la pequeña palmera en su centro.
Entraban las risas de primavera por la ventana entreabierta.
La niña se levantó con calma ("Tengo que hacerlo"), y tomando la caja con ambas manos, se acercó a su padre.
-Quiero ir al parque papá. -Su tono era grave.

III

En la calle todo era luz alegre y sombra acogedora, contrastando con la tristeza que la niña
reflejaba en su rostro. Una vez allí se acercó despacio a la rotonda, caminó por el césped, y se acercó a la palmera. Abriendo la caja, posó al caracol sobre la hierba.
-Lo siento caracol, pero me apetece jugar -la niña sollozaba.
Se levantó. Y cuando se alejaba, pudo escuchar claramente:
-¡Gracias, gracias!
¿Había sido el caracol?
No se giró. Pero en su rostro surgió una preciosa sonrisa, mientras la última lágrima resbalaba por su mejilla.
Descendió el cerro, alejándose tímidamente de su fantástica isla, sin mirar atrás.
Sin previo aviso, su padre la izaba por los brazos, y haciéndola volar a su alrededor, la sentó sobre sus hombros. Entre gritos salvajes y a la carrera, se acercaron al grupo donde jugaban sus amigos. Muy cerca se encontraba también su madre, sentada en un banco.
-¡La capitana ha vuelto! -gritó de nuevo un pirata.
Su madre se levantaba para recibirla con una preciosa sonrisa.
("Qué tonta he sido, es la princesa más maravillosa del mundo").
Su padre la posó, muy despacito, en el suelo.
("Pero qué fuerte es mi rescatador...").

Y la niña, se lanzó de nuevo a la aventura.

FIN

Miguel Ángel W. "Mawey"
16 de Mayo de 2004 ®

Relato "Luz de lluvia" (un cuento en una guerra)

LUZ DE LLUVIA

I

Erase una vez......
Una niña muy linda, morena de pelo azabache, con rizos preciosos, de nombre Karim.
Tenía siete años y vivía entre el desierto y las montañas del Gilboa', donde nace el río Qishon, en un pueblo llamado "Luz de LLuvia".
Era aquel un pueblo pequeño, de casas blancas de poca altura, de calles de arena, inclinadas, rodeado por el norte por los juncos que bordeaban el río. En otros tiempos también tuvieron tierras de cultivo y olivos.
Ahora era solamente una tierra casi abandonada. Sus calles estaban plagadas de carteles anunciando muerte, y las casas parecían viejos vestidos rotos, llenos de descosidos por la miseria y el odio.
Pero sus habitantes se resistían a abandonar el pueblo, y seguían viviendo como podían, entre escombros, sudor, desprecio y pobreza.
-
A Karim la gustaba jugar mucho con una muñeca que había inventado su padre hace tiempo, una muñeca ahora rota, hecha con los alambres de un casco de soldado abandonado, y con los restos de una almohada. Era su muñeca preferida, y la quería como si fuera su hermana y su única familia.
¿Su única familia? No, también quería mucho a un árbol.
-
Muy cerca, en las afueras del pueblo, en lo alto de una colina que permite divisar todo el terreno, descansa un viejo tanque abandonado, de la guerra del 48, con la piel oxidada, convertido en chatarra.
En el interior del mismo, ha ido creciendo un pequeño árbol, un precioso olivo.
Y la niña, la única que parece conocer ese secreto, la única que parece dar algún valor a aquel tanque, va a visitarlo todos los días.
Se sienta en su interior, y le cuenta al árbol como tiene que crecer para poder dar olivos, sombra y cobijo a ella y a su muñeca.

II

La niña, regresa siempre a su pueblo al atardecer, con su muleta al hombro, pues le falta media pierna, recuerdo de un misil perdido que fue a parar a su casa.
Desde que sucedió aquello, vive en la casa de unos vecinos, pues no sabe ya donde están sus padres, ni su hermano pequeño, ni su perro.
Los vecinos la acogieron como una hija más, y ella no pregunta nada. Sabe que no debe preguntar, que no siempre existen respuestas.
La vecina que la acogió fue en su día la maestra de la ahora destartalada escuela,
enseñando a niños como ella. Aquella mujer era muy culta, había estudiado en París, y de joven fue realmente guapa. Apasionada de los libros, había viajado por toda Europa y sabía varios idiomas. Pero esta eterna guerra la había ajado el rostro antes de tiempo. Nadie diría al verla, que tuvo tantos admiradores en sus tiempos de estudiante en Francia.
Ahora la escuela estaba medio destruida, y la única sabiduría que cobijaba era la que surje del miedo y el instinto de supervivencia.
Karim sabe muy bien saltarse los controles para llegar a la colina donde duerme su tanque, a pesar de estar prácticamente asediados por el ejército.
Un día se coló en la escuela abandonada que había sido bombardeada hace tiempo. En la pared trasera de los baños, Karim encontró un agujero medio tapado por los cascotes. Aquella pared daba al exterior, pegada a una maraña de arbustos y juncos medio secos. Allí termina el pueblo.
Y por allí sale ella todos los días, arrastrándose entre piedras y juncos hasta llegar a un viejo y pequeño muro que la esconde. Después sube por un camino estrecho rodeando el monte donde, arriba del todo, duerme su viejo tanque y crece su olivo.

III

Poco a poco, Karim va almacenando en su hogar de hierro pequeños objetos que cada día recolecta en el pueblo, y que se encuentra en su vagabundear diario, y como si fueran un gran tesoro los esconde en el interior del tanque, al pie del olivo, como si aquella fuera su casa.
Balines perdidos por las calles, zapatillas rotas, cristales de colores y formas diversas, prendas, ropas manchadas y olvidadas, botones, cazos y restos de utensilios de cocina.
Y muchas, muchas hojas escritas, sueltas, quemadas y algunas rotas, seguramente restos de libros, de cuadernos de notas, de medicamentos ó de paquetes de alimentos.
Le cuesta volver al pueblo.
"Quizás un día el olivo me conduzca el tanque abandonado hasta donde están mis padres" piensa ella. Mira por un agujero de la oxidada chapa de la torreta del tanque.
Desde allí se divisa el pueblo. Polvo, arena, guijarros, juncos.
Un sonido lejano hace temblar la tierra de vez en cuando. No son las cosechadoras ni los tractores, que ya no hay casi combustible, sino el retumbar de los tanques. Ese sonido a chicharra metálica.
De vez en cuando le llegan los ecos de disparos, ráfagas lejanas que golpetean el aire muy rápidamente. Algunas veces, explosiones, otras, gritos y luego silencio.
Aquel tanque parecía que fuera su único amigo. De todos, era el único que no la intimidaba, que la protegía de las balas, del ruido, del olor a gasolina y a pólvora que siempre embadurnaba las calles de su pueblo. Era silencioso, tranquilo y acogedor.

IV

Una tarde de un día cualquiera, comenzó el ataque en el pueblo, sin previo aviso.
Todos en la casa se dirigieron como siempre al sótano, el lugar más seguro.
Las paredes de la casa vibraban con el ronroneo continuo de los motores y las cadenas de los carros blindados que intentaban atravesar las calles, rozando y golpeando las paredes adyacentes.
Se escuchaban los disparos; sonidos secos, fuertes, dispersos en el tiempo. De vez en cuando, un cañonazo tronando a lo lejos, y un ligero temblor de tierra al derrumbarse parte de una casa. Y los gritos. Gritos en la noche.
Sin luz, a oscuras como siempre.
Karim recuerda de repente, asustada, que su muñeca se ha quedado en el tanque, junto al olivo. Y siente la necesidad de ir a por ella.
Aunque la gritaron, nadie la pudo detener.
Salió a la carrera de aquel sótano, cruzando la puerta de la calle sin pensar siquiera.

V

Allí fuera, Karim no distingue nada especial, excepto el silbido de los disparos y la calle que parece muerta, desierta.
Mientras corría como una loca hacia la escuela, escucha los silbidos de bala detrás suya.
Cuando se encontraba muy cerca de la puerta de la escuela, un tanque asomaba su trompa por la calle.
El capitán del carro de combate ha creído ver a alguien entrar corriendo en la escuela, y manda a su torre girar, apuntando su cañón hacia la escuela.
Karim ya ha entrado en la escuela, y divisa el agujero por el que siempre consigue salir.
Suena de pronto un fogonazo, como un trueno, sordo, violento.

VI

La maestra salió del sótano dando un traspiés para coger a Karim.
Llegó a la puerta de la casa justo a tiempo para distinguir a la niña correr hacia la escuela y decidió salir tras ella.
Tenia que conseguir que regresara, tenia que protegerla.
Pero cuando la mujer se encontraba cruzando la calle a la carrera, se paró en seco.
Notó perfectamente como el suelo vibraba, anunciando que un carro blindado se acercaba por aquella maltrecha y empinada calle.
Y el tanque apareció de repente, grande y sombrío, frente a ella.
Y ella, entre el tanque y la escuela.
Gritos desde la torreta. Un militar histérico la gritaba para que se apartara.
La mujer sintió un pánico tremendo, pero la niña en la escuela.
No podía retroceder.
Ni avanzar.
La torreta del blindado parecía indecisa, si girar hacia ella ó hacia la escuela. El comandante del blindado hacía gestos histéricos, acompañados de gritos que ella prefería no entender.
Y entonces, decidió sentarse en el suelo. Sentía que la vida había tocado a su fin.
La torreta del blindado giraba lentamente hacia ella.
Pasaron así unos segundos que parecieron eternos.
Anochecía antes de tiempo. Las nubes comenzaban a viajar negras y rápidas por el cielo, presagiando tormenta, y el Sol parecía esconderse, avergonzado.
De repente, comenzó a tronar el cielo; con fuerza, con una rabia inaudita, de muchos años contenida. Y un aguacero enorme comenzó a caer, entre relámpagos y truenos.

VII

Karim pudo por fin alcanzar el tanque abandonado, su casita en el árbol.
Allí estaba su muñeca, sana y salva. El árbol la cuidaba.
Karim tenía miedo. Le habló a su tanque, para pedirle que la cuidara en su vuelta y
miró desde el interior hacia el pueblo.
Caía la lluvia a chorros, como nunca recordaba ella. Tenía que regresar a su casa, y comprendió que los demás estarían preocupados, esperándola.
Debía regresar ya.
Y así, empapada, con su muñeca apretada bajo un brazo y su muleta en el otro, bajó como pudo el monte, mientras los relámpagos iluminaban su tanque y el viento movía las ramitas del olivo, como si ambos la despidieran.
Se arrastró por el barro, entre los juncos, hasta alcanzar el muro, y entró de nuevo en la escuela.

VIII

El tanque disparó muy cerca de la maestra, derribando parte de una casa cercana. Una nube de cascotes primero, y polvo después, tapó la escena. Entre el estruendo del disparo y la tormenta que se había desatado, el comandante del blindado no distinguía nada, y mandó avanzar un poco más hacia la mujer. Pero era tal el barro que se había acumulado en pocos minutos, era tal la cantidad de agua que corría por la calle, era tal el manto de lluvia que tapaba la visión, que el soldado que conducía el carro apenas podía maniobrar.
Ya no se divisaba a la mujer, y el soldado pensó que quizás estaba bajo los cascotes caídos con el anterior disparo.
Entonces el soldado intentó girar la torreta hacia la escuela, pero...
increíblemente el tanque patinó de costado, resbalando por la empinada calle, y el cañón del blindado quedó atrapado entre las esquinas de dos casas muy cercanas. Las calles eran tan pequeñas que no quedaba espacio suficiente para maniobrar.
El capitán comenzó a desesperarse, y soltó toda clase de insultos.
El conductor, frustrado, pudo divisar entonces la sombra de una mujer corriendo hacia la escuela.

IX

Una mano agarró fuertemente las muñecas de la niña, arrastrándola de cuajo hacia el interior de la escuela.
-Shhhhh... -le susurró la mujer a Karim, que la miraba atónita. Ambas se miraron, asustadas.
La maestra arrimó a la niña junto a ella y la condujo hacia la desvencijada escalera de madera, la que conducía al tejado de la escuela. Allí abrió una trampilla pequeña y salieron al tejado. Llovía a mares.
Los rayos iluminaban el cielo, con más intensidad que los disparos de los cañones y los fusiles.
Tejado por tejado, con cuidado para no caerse, la mujer y la niña se arrastraban de casa en casa, intentando regresar, alejándose de la escuela.
Pero era imposible cruzar la calle de aquella forma.
En la calle se divisaba al blindado atascado. Dos o tres militares armados salían del mismo. No tardarían en subir al techo de la escuela.
A lo lejos se distinguían destellos fugaces saliendo de los tejados, disparos de fusil
de los francotiradores, agazapados para cazar, uno a uno, civiles. Imposible tampoco seguir avanzando en esa dirección.
Tenía que tomar una decisión. La maestra pensaba deprisa.
Miró el tejado de la casa de al lado, unas ruinas abandonadas, una casa destruida hacía tiempo. Tenía una enorme chimenea negra, que las taparía bien de la vista de los soldados, y tan sólo habría que dar un pequeño salto. Allí podrían esconderse hasta que pasara el peligro, o se le ocurriera algo mejor.
Y dicho y hecho, la mujer ayudó a saltar a la niña, saltando ella después, con la muleta y la muñeca en sus manos.
Tumbadas sobre el tejado, detrás de la chimenea, se escondieron bajo la túnica negra de la maestra, echándosela por encima para no ser vistas.
Así pasaron la noche, dándose mutuamente calor y algo de valor.
La maestra a la niña, la niña a la muñeca.
Durante el resto de la noche, no paró de llover a mares. Los truenos eran ensordecedores y parecían querer competir con el fuego de los soldados y los cañoñazos de los tanques.
Con la luz de los relámpagos Karim divisaba a lo lejos, en la colina, a su tanque.
A ella le parecía que hubiera cobrado vida, y que muy enfadado, lanzaba rayos sobre el pueblo, para alejar a los soldados.

X

Amanecía. Todavía llovía débilmente a lo lejos. Los disparos hacia mucho tiempo que habían cesado. Los soldados se habían retirado. No tuvieron forma de avanzar por aquel barrizal, por aquellas inclinadas calles, tan estrechas, y a pie, no se atrevían.
El Sol comenzó a calentar nuevamente las caras de Karim y la maestra. La niña miró a su espalda, hacia las casas.
Un inmenso y precioso arco iris cruzaba el pueblo, y parecía nacer justo en la cima del monte, donde se encontraba su tanque y su querido olivo.
Karim sonrió para sí. No tenía ninguna duda que eran ellos quienes las habían protegido.
-¡Luz de lluvia! - exclamó la niña, señalando su arco iris.
La maestra sonrió, abrazó muy fuerte a Karim y regresó con ella de la mano, ya sin miedo, a su casa.

FIN

Escrito por MigueL ÁngeL W. "Mawey" el 13 de Febrero del 2003 ®

[Dedicado a los niños de siete años que murieron en la escuela.
A Rajah, la mujer que pudo salvar su vida una noche huyendo por el tejado.
A Yiad el escocés que murió porque iba armado con un móvil en su mano, ayudando a evacuar a los civiles.
A todas las personas que allí no saben cuando les tocará morir.
A mi hermana, y sus compañeros, que contaron los minutos por balas, y los días, por muertos.]

Relato "La guitarra"

LA GUITARRA

I.

Sonaba una triste guitarra en la noche mientras yo me afanaba por mantener el fuego vivo. Acordes tristes... solitarios, y lejanos. Hacia un frío que pelaba, pero aquel sonido
me reconfortaba el alma, mas aún que el mismo fuego.
A pesar del cielo estrellado, el orgullo rondaba mi cabeza y mi alma seguía vacía. Totalmente vacía. Y me puse a repasar mentalmente los pasos que en mi vida me habían conducido hasta aquel lugar.
No sabia bien cuanto tiempo estuve así, pero al recordar, una sonrisa surgió en mi boca.

II.

Cuando era un chaval creía saber bien a donde iba.
Era entonces el mundo tan grande, parecía todo tan a mi alcance...
Una imagen brotó de repente en mi mente.
De forma caprichosa, sin saber bien porqué, la imagen de mi madre regañándome por cualquier cosa, un día de verano de calor aplastante, de guijarros ardiendo y arena en la boca.
-" Hijo, haz siempre lo que creas correcto... intenta ser leal para tu corazón".
Mi madre me decía esto aquel día, entre lágrimas, al mismo tiempo que me envolvía en un cálido abrazo, largo y triste.
-" Nunca olvides quien eres. Intenta no traicionar tus ideas".
Por aquel entonces, aquello me impresionó, a pesar que a la vez, me invadía el opuesto y secreto deseo de salir corriendo para irme a dar un chapuzón al río.

III.

Mi padre, al que nunca conocí bien, siempre viajando, había dejado a mi madre unos días antes en la mas completa soledad y ruina. De mi padre sólo tenía vagos recuerdos, mezcla de pisadas, de miradas, de una voz grave, pero cálida. Pero si recordaba muy bien, sus canciones. Aquellas melodías que el solía cantarme para alejarme del miedo. Y sus manos,.. fuertes que siempre me acogieron como puerto.
Pero si recuerdo bien aquel día en que mi madre salió caminando al pueblo. Con la frente muy alta, impasible su rostro y muy derecha, a pedir trabajo.
Yo no entendía nada, pero mi mente presentía el miedo... el miedo de verdad, ese miedo que se acerca como una ola gigante, lentamente, mirándote a los ojos. Ese miedo a algo muy real pero desconocido.
Y miré entonces a mi madre. Sin comprender del todo lo que sucedía la sentí tan sola....
Fui corriendo tras ella y le di la mano. Con una sonrisa me la apretó fuertemente. Nadie me apretó después la mano tan fuerte y cariñosamente como ella lo hizo en ese instante.
Era tan linda mi madre....
Nunca más pude volver a la escuela.

IV.

Es curioso como somos las personas...
En el momento que disientes o eres diferente, o te conviertes a sus ojos en un paria empujado por el destino, empujado por la ira que surge cuando la vida y la muerte luchan una contra la otra, entonces te cierran las puertas y los corazones se vuelven sordos.
Y las manos....se cierran, vacías para siempre.
Porque tu eres, en ese momento, el portavoz de un mal destino, de la mala suerte. Quizá también del miedo más atroz que toda persona a veces siente. El miedo a la soledad más absoluta, a sentirse diferente, a la perdición de su nombre, de su vida y quizá hasta el amor y el respeto de los demás. Caes en el olvido silenciosamente.
Así es como mi madre debía sentirse, arrastrada por las calles, una por una, de aquel pueblo.
Puerta tras puerta, poco a poco su alma se asemejaba al color de su vestido, tintándose de polvo, de rotos, de negativas, de sonrisas burlonas ó cortantes.
Nunca más me dejó que la acompañara en ese peregrinar. Al llegar a las puertas del pueblo me hacía quedar allí sentado, esperándola.
Tenia entonces tiempo, para dar patadas a las piedras, mientras veía de reojo a mi querida madre arrastrarse calle abajo.
A veces, ....lo reconozco, me avergonzaba. Aquella situación me ponía los pelos de punta.
Un desasosiego me recorría el cuerpo, esperando que no sonara la campana de la escuela.
No quería encontrarme con las sonrisas burlonas de mis compañeros de clase.

V.

Todo cambió un día, de repente.
Mi madre, salió de casa arreglada como nunca la había visto, con un bonito vestido blanco, una blusa con encajes, una falda de vuelo, larga y preciosa, unos botines también blancos y un parasol con flecos que le daban sombra en su rostro, antaño aterciopelado y ahora anidado por las grietas que sus ojeras habían regado hasta quedarse seca.
Manantiales de tristeza...
-"No, no me acompañes hoy". Me dijo, con la más triste de las sonrisas. Y su mano acarició mi rostro, mi cara, pero sus ojos....me evitaban.
Se alejó despacio. Sin volverse.
Yo me quedé en silencio. No pensaba nada ó quizá prefería no hacerlo, y me fui a ordeñar el ganado. Tenía mucho que hacer, ó quería hacer mucho, no sabía bien.
Cuando mi madre regresó, era ya de noche. Una noche estrellada, de verano, tranquila y serena.
Y yo me eché a llorar, sin saber bien porqué.

VI.

Pasaron los días, los meses... mi vida poco a poco se fue encerrando más y más en la granja, a medida que mi madre llegaba más y más tarde cada día. Al mismo tiempo, mi mente poco a poco iba asumiendo lo que para los demás era evidente.
Me volví arisco y desconfiado. Incluso con mi madre, a pesar que la quería con toda mi alma.
Ella no se enfadaba conmigo, solo me miraba triste cuando me alejaba de sus caricias, pero siempre en su rostro supo guardarme una sonrisa.
Poco a poco, fui creciendo en medio de la nada, de los cardos, los cactus y los animales.
El odio y el alcohol me ayudaron a superar toda mi vergüenza.
Hacía años que había vuelto por el pueblo, y había superado toda clase de insultos que desfilaron por mi cabeza, de miradas secretas, de risas de niño contenidas, de miradas acusadoras de señoras de misa y abanico, de miradas de hombres secretamente satisfechos, alguno quizás ultrajado.
Miradas que señalaban, satisfechas y seguras de si mismas, donde estaba el delito, donde se encontraba el infierno y al mismo tiempo, el placer recompensado.
Llegó el tiempo en que me había acostumbrado a no ser nadie, a emborracharme, a pelear por todo, para terminar volviendo a casa cansado, con la sensación de haber pagado un poco más la invisible deuda de mi padre y el enorme pecado que mi madre, a mis ojos, había cometido.

VII.

Un día como otro cualquiera me pasé al atardecer por la cantina del pueblo.
Recuerdo mi borrachera, pero no recuerdo a santo de qué, me encontraba invitando todo el rato a un tipo maloliente y mal encarado, que no paraba de hablar y hablar....
Aquel tipo era ganadero, y me hablaba de una partida de ganado que se acercaba al pueblo, a cuatro días a caballo.
"Realmente, huele a mierda de vaca, debe llevar días sin lavarse". Pensé, divertido por las aventuras que me contaba mientras le seguía invitando. Qué más daba, me sobraba el dinero, y nadie parecía querer charlar nunca conmigo si no ponía yo una botella y mi dinero por medio.
-".... y allí vuelve él, seguro que para tirarse a la furcia de su exmujer, y seguro que encima tiene que pagar!"
El hombre, entre risotadas, me escupía estas palabras, fruto del alcohol y seguramente del desconocimiento de quién era yo.
Me quedé muy serio. Tuve la sensación que la música se apagaba y que todas las miradas se fijaban en mí.
Quizá solo fue la sensación, o quizá fue debido a que el corazón me latía tan fuerte que me retumbaban los oídos...
Salí a la calle, y una bocanada de aire frío me sacudió la cara como una bofetada, como si el cielo me dijera:
"¡Despierta!"
Guiado por mis pies, poco a poco me acerqué a aquel caserón viejo y luminoso, en las afueras del pueblo.
Me acerqué a la puerta, lentamente, pero no pude seguir.
La podía oir. Escuchaba risas y voces femeninas junto a voces masculinas, .....un piano.
Pasé así un tiempo indeciso, quemándome por dentro, cuando de repente la puerta se abrió de golpe.
En el quicio de la misma, una silueta se recortaba por la luz del farol de la entrada.
Era la silenciosa figura de mi madre, muy quieta y callada.
Y sin decir nada, la besé, la abracé fuertemente y me volví corriendo a casa.

XIII.

Allí me encontraba, en medio de aquel inmenso prado.
No me costó mucho encontrarlos. Una noche despejada como aquella, un fuego ardiendo, el sonido de los animales.... y el lejano sonido de una guitarra.
Me armé de valor, y aun así, temblando, me acerque al grupo, para pedirles cobijo.
Me inventé una historia bastante convincente. No había ido al colegio, pero había aprendido a mentir muy bien.
Y así fue como la noche fue pasando, junto al fuego, un plato de comida,...y una guitarra tocando una vieja melodía. Pegado a mi corazón, guardaba yo mi rencor. Y junto a él, mi arma cargada.

IX.

Poco a poco, los hombres fueron quedando dormidos sobre sus mantas, y tan sólo otra persona y yo permanecimos despiertos, alternándonos para reavivar el fuego.
El rasgaba la guitarra, mientras yo azuzaba el fuego, de mi alma.

-"No te acerques a mi madre". Pude por fin articular en voz baja, pero llena de odio.

Lancé un leño al fuego. Mis ojos giraron cruzando entre las bailarinas chispas de las llamas, hasta encontrarse con los suyos.
Desafinó una cuerda, y la guitarra dejó de sonar. Era la prueba de que no me había equivocado.
Porque aquella melodía, .... aquella melodía me había traído viejos recuerdos de una niñez robada.
Eran pocos mis recuerdos, casi furtivos, dormidos durante tanto tiempo. Pero allí estaban ahora, susurrándome al oído como si fueran un dedo acusador que detrás de aquella melodía, se encontraban las manos que rasgaban la guitarra, las manos que yo andaba buscando.
No tuve necesidad de preguntar nada.
¿Cuantos minutos pasaron así? El tiempo parecía haberse parado.
Por eso de repente, di un respingo cuando escuché su voz, ésa que tenia ya olvidada, arrinconada en una esquina de mi corazón.

X.

-"Solo pretendo verla, saber como se encuentra" respondió él.
Su voz sonaba tranquila, sin ansiedad, más ronca de como la recordaba, quizá por el tabaco, el alcohol y la vida,
pero firme y decidida.
Y sobre todo... me daba vergüenza reconocerlo, parecida a la mía.

Mi cabeza daba vueltas, parecía un potro salvaje que quisiera romper cualquier sentimiento de pena, de misericordia, y no me dejaba pensar con claridad. Mis manos actuaban solas. Mi cuerpo se levantó, y dirigiéndome a aquella persona, despacio, mis oídos seguían escuchando su voz.

-"Hace tiempo tuve que irme....." Le noté tragar saliva al notar como me acercaba.
Pero prosiguió:
-"... y se que no tengo derecho a volver a verla, pero jamás he dejado de quererla.... jamás".
-" En estos años de cárcel, nunca he podido olvidarla. Créeme, hijo".

Su voz parecía ansiosa, pero seguía sentado. La guitarra en su regazo, como si ella fuera su eterna y única defensora y amiga.
Estaba mi odio tan cerca de él, que ya casi podía oler su aliento.

-"Tuve que irme,..... por entonces digamos que...mis ideas, chocaban de frente con las ideas de otros, que eran los que mandaban por el pueblo. La situación se volvió insoportable, me persiguieron, y aunque tu madre y yo nos quisimos con locura, ella sabía que no podía acompañarme. Con un hijo y mi destino incierto, lo mejor era separarnos, para evitar que ella pagara por mi culpa".
Mi padre hablaba con calma, mirándome a los ojos, pero sin hacer el menor gesto de defensa ante mi aproximación claramente violenta.
-"...Y lo mejor que pude hacer, fue alejarme de vosotros" Prosiguió su relato en mi cara.
-"Se muy bien que me equivoqué, pero también he pagado caro mi error, créeme".

Silencio. Yo estaba ya demasiado cerca y las palabras ya no cabían entre nosotros.

XI.

Me detuve.
Justo a tiempo para notar como mi mano se relajaba, y mi antebrazo bajaba... ni me había dado cuenta que mi mano derecha empuñaba ya el arma cobardemente escondida en la sobaquera.

-"... No sabes el infierno que ha sido desde entonces mi vida y la de mi madre" Le repliqué. Mi odio seguía todavía babeando, buscando una respuesta, o quizá una compensación, aunque... la tormenta parecía ir amainando en mi interior.

Me agaché para mirarle más de cerca de la cara, para mirar bien sus ojos, medio escondidos bajo un sombrero sudado y viejo.
El sostuvo mi mirada y para mi sorpresa, no era una mirada altiva, ni la mirada de un mentiroso, ni tampoco.... tenía miedo. Sólo reflejaba dolor y tristeza.
Aquello me sorprendió sobremanera. Aceptaba su destino, pues seguro que había vislumbrado el gesto de mi mano sobre mi arma. No parecía cobarde, y sí en cambio, sincero.

Comenzamos a hablar. Sobre su vida, sobre mi infierno, sobre su huida, sobre mi madre. Y así seguimos hablando. No recuerdo bien ni todo, ni cuanto tiempo. Tantas cosas teniamos ambos en las alforjas.....
Me acordé de mi madre, y de las veces que en estos años había despreciado su cariño. Punzadas de dolor avergonzado.
Pensé en ellos dos, en cómo podían haberse querido tanto.....
Y me di cuenta que yo no era mejor que mi padre.
Acerqué una rama seca, y el fuego poco a poco me volvió a calentar mi alma.
Mi padre de nuevo se atrevió a rasgar la guitarra, con la misma melancolía que recordaba de niño, con los mismos sonidos que hace tiempo me acompañaron cuando tuve miedo. No pude evitar sonreir.

No sabía muy bien que hacer, ni a donde ir. Mi vida parecía querer salir corriendo. Me sentía tan avergonzado de mi mismo...

Otra oportunidad para mí, otra oportunidad para ellos. Pero esta vez decidí que yo no estaría en medio.

Al día siguiente mi padre se dirigió al pueblo, a encontrarse con mi madre.
Y yo comencé....... a aprender a vivir de nuevo.
Me alejé. Me alejé mucho, muy deprisa, con mi mochila vacía por fin de miedo y orgullo, vacío por dentro de rencor y odio, para reencontrarme conmigo mismo, para buscar con ansia un poco de felicidad, y mi inocencia perdida.

FIN

Miguel Ángel W. "Mawey"
10 de Febrero de 2003 ®

Cuento de LAURI SAN

LAURI SAN

I

Érase una vez una niña pequeñita, llamada Lauri San, que vivía en una playa de la costa de Japón, cerca del mar. Era rubita, con ojos azules claros como el cielo, muy linda y simpática. Vivía en una casita de papel construida sobre la misma arena de la playa.

Su casa era preciosa, tenía el techo de celofán, en color azul, que dejaba pasar una luz azulada preciosa durante el día. Las paredes eran todas de cartulinas de distintos colores.

Una mañana, Lauri estaba jugando en la playa, con su cubo y su pala, haciendo un enorme y precioso castillo de arena. Cuando de repente, miró al cielo, y suspirando, vio como las gaviotas jugaban entre sí muy animadas con las olas.

Una sonrisa le surgió, como siempre que algo o alguien le recordaba a su amigo, el osito Honny.

Decidió que era el momento de escribirle una carta. Así que, aquella noche, puso una vela encima de la mesita de madera que tenía fuera, sobre la arena, cogió papel y lápiz y se puso a escribir...

"Querido osito Honny: Me acuerdo mucho de ti. Te echo de menos. Me gustaría que vinieras conmigo a jugar otra vez. Besos,
Lauri San"

Hizo con la carta un rollito muy fino, y lo metió en una botella de cristal vacía, que tapó con un corcho. Después, se acercó al mar. Las olas la saludaron con rugidos suavemente... y Lauri les lanzó la botella para que ellas llevaran el mensaje.

II

La botella subía y bajaba montada en la cresta de las olas, mientras la llevaban por un camino de plata que la Luna hizo en el mar para que no se perdiera, un camino que conducía directamente a la isla donde vivía el osito Honny.

Allí, en la orilla de una playa, estaba el osito subido a una roca, enfrascado en pescar algo para cenar, cuando una amistosa ola depositó ante sus zarpas la cansada botella.

El osito abrió la botella, y sacando el rollito de papel lo leyó.
Una enorme sonrisa le surgió en el rostro, al leer el mensaje de su amiga. Así que, ni corto ni perezoso, se fue a hacer su mochila, y montándose en su pequeña barca, se lanzó a cruzar el mar.

Estaba amaneciendo, y Lauri no podía dormir. Se puso las zapatillas y se fue a la playa, para dar los buenos días al Sol. Allí, sentada en la arena , pudo contemplar a la Luna recogiendo su camino de plata y a las estrellas recoger la sábana de terciopelo azul que envolvía el cielo, porque el Sol se desperezaba ya.

Y poco a poco, un disco rojo, aun con cara de sueño, se lavaba la cara en el mar y salía rápidamente por el horizonte. Lauri le sonrió y le deseó un feliz día, a lo cual el Sol le respondió con una inmensa sonrisa en forma de claridad en el cielo, y comenzó a pintar otra vez el mar de azul marino.

Y mientras sucedía esto, Lauri pudo divisar en la lejanía como sobre las olas viajaba una barquita, y dentro de ella, alguien que la saludaba muy alegre.

¡Era su amigo Honny!

III

Al llegar la barca a la orilla, el osito se bajó rápidamente de un salto, y mirando a su amiga, corrió con los brazos abiertos para abrazarla, mientras gritaba

"¡Hola Lauri aquí estoy por fin!" Dijo el oso, entre alegres risotadas.
Y Lauri, llena de emoción, fue corriendo a su encuentro, feliz de estar con su amigo. Se dieron tal abrazo que los dos rodaron por la arena varias veces.

Una vez se saludaron, Lauri llevó a su amigo a la casita de papel. Allí le mostró su habitación, hecha con una preciosa cartulina verde pálido, pintada con flores y tarros de miel. El osito estaba maravillado de la casa de su amiga. "¡Qué bonita es!" Dijo con admiración.

Durante días, jugaron todo el día en la playa, construyendo con el barro todo lo que soñaban, navegando sobre las olas y buceando en el mar, riendo con las gaviotas y nadando entre bancos de peces.

Una mañana que estaban en la orilla construyendo otro tremendo castillo, Honny miró el horizonte y comenzó a fruncir el ceño.

"¡¡Piratas!!" Gritó.

A lo lejos, un tremendo navío de repleto de mástiles y velas, con bandera negra y calavera incrustada, dirigía veloz su proa hacia la playa...

IV

Rápidamente, el osito hizo un enorme agujero en la orilla.
"Escondámonos aquí, Laurí, así los piratas no podrán divisarnos" Dijo el osito.
Lauri estaba muy asustada para pensar nada, asi que hizo caso a su amigo, y los dos saltaron dentro del hoyo que taparon con hojas de palmeras.

Los piratas lanzaron un bote al mar, y desembarcaron en la playa diez de ellos, todos muy feos. Gritaban y rugían, porque estaban deseando pisar tierra y siempre cogían lo que se les antojaba allí donde iban.

El jefe de la partida, un hombre feo, maloliente, con una pata de palo y un cuervo negro en el hombro, tenía un parche en un ojo, y rastreó con el que le quedaba la playa. Señalando con su bastón hacia la casa, gritó a sus hombres:
- "¡Es nuestra, no dejéis nada en pie!"

Los piratas se lanzaron sobre la casa, gritando y disparando sin ton ni son. Entraron en ella, y al comprobar que no había nadie, revolvieron todo lo que encontraron y se comieron toda la comida que Lauri guardaba en su alacena, transportando a la barca todos los juguetes que Lauri San tenía en su casa.

Por último, el capitán de los piratas, enfadado por no haber podido luchar con nadie, decidió quemar la casa, y con un cigarro cubano muy grande que llevaba pegado a sus labios, le prendió fuego.

Y así, riéndose como el mismo demonio, el capitán y sus compinches se subieron a la barca cargada con todas las pertenencias de Lauri: Sus dibujos, sus retratos, sus fotos, sus muñecas y todos sus juguetes. Regresaron al barco cantando medio borrachos, e izando anclas partió de nuevo a las profundidades del mar.

Lauri y el osito salieron de su escondite al cabo de un buen rato, todavía asustados. Al comprobar que no le quedaba nada, ella se puso a llorar desconsoladamente.

V

"No llores, Lauri" le dijo su amigo el osito. "Volveremos a construir tu casa, esta vez más bonita que antes".
Y recogiendo sus lágrimas, la llevó cogida de la mano al pueblo más cercano, donde el osito Honny comenzó a comprar cartulina, papel de distintos colores, celofán, tijeras, pegamento, papel celo, lápices y pinturas de colores.

Después, el osito y Lauri decidieron contar lo sucedido a sus amigos, y les escribieron telegramas desde el pueblo para que ellos vinieran a ayudarles.

Y poco a poco..... fueron llegando, de sitios muy remotos, un montón de amigos de Lauri y Honny.

El cangrejo, el canguro, el mono, el delfín, la gaviota, el caballo.... no faltaba ninguno. Todos abrazaron a Lauri, y esta, emocionada, les recibió a todos con una enorme sonrisa.

Volvieron todos a la playa, y allí sobre la arena, comenzaron a dibujar las paredes, las ventanas, el techo, el suelo,... todo lo que una preciosa casa podía tener. Cada uno hacia lo que mejor sabía, y se ayudaron mutuamente para terminar pronto la casa.

Una vez que recortaron y pegaron todo, en la playa se levantaba una casa de papel mucho más bonita que la anterior.

Todos sonreían felices, y Lauri estaba emocionada, gritando de contenta "¡Pero si es preciosa mi nueva casa, gracias!"

Y decidió que tenían que celebrarlo.
Así que, al llegar la noche, llenaron la playa de velas de colores, pusieron música y una enorme mesa llena de cosas de comer y beber muy ricas. Todos se disfrazaron con ropas muy lindas y comenzaron a bailar y reír hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, cuando recogieron todo y una vez que los amigos de Lauri se durmieron, el osito Honny hizo su mochila y se montó en su barca.
Lauri, aunque no quería que su amigo se fuera, no dijo nada, y le acompañó a la barca en silencio.

Su amigo el oso la miró con una sonrisa, y la dijo:
-"Somos amigos. Grita mi nombre al viento, y vendré".

Lauri le sonrió y le dio un beso de despedida. Sabía de sobra que podía contar con él. "Gracias osito, por ser mi amigo".
Y mientras el osito Honny se alejaba sobre las olas del mar, Lauri se dio cuenta que...

Los piratas no habían podido quitarle su mayor tesoro... la amistad de su amigo el osito Honny.

Fin

Miguel Ángel W. "Mawey"
Verano del 2001 ®

Cuento "El lobo y la estrella"

I

Erase una vez........
Dos estrellas muy, muy pequeñas, que brillaban en la noche.
Eran recién nacidas y se conocieron de casualidad, revoloteando cerca de la Luna.
Se pasaban el día jugando por el cielo, corriendo sin parar. Parecían dos estrellas fugaces que se persiguieran la una a la otra. Vivían felices, y no se preocupaban por nada. Una de ellas tenía sin embargo una curiosidad muy grande:
- "¿Qué son todos esos puntos pequeños y brillantes, que se ven por la noche, allí en la Tierra?" Le preguntó a su madre la Luna.
- "Mejor no te acerques a ellos, mi niña, están en la Tierra y podrías perderte. Ninguna estrella ha regresado con vida de allí,... no regresarías jamás"
Pero ella se quedó aún más intrigada, y un día que corría con su amigo, como siempre, decidió comentárselo:
-"Oye, ¿Qué te parece si bajamos a la Tierra? Yo creo que esos
puntos luminosos deben ser como nosotros.....".
-"Ufff...." Respondió él. -"Me han dicho que si lo intentamos, podríamos desaparecer, y perderíamos nuestra alma de estrella para siempre; Me da miedo..." Continuó diciendo medio avergonzado.
-"¡Pues yo voy! " Replicó ella, orgullosa y altiva.
No le gustaba que la asustaran, era cabezota, y además el misterio le atraía sobremanera.
-"Entonces te acompañaré, no pienso dejarte sola......" Le contestó él, en un gesto de valor que incluso a sí mismo asombró y a la vez asustó.
-"Gracias" respondió ella, contenta de que su amigo, no la dejara sola, sonriendo tanto que una luz hermosísima se desprendió de su rostro.
Y sujetándose a la estela de su amiga estrella, como siempre había hecho cuando
jugaban, él la siguió en dirección a la Tierra.
Sus cuerpos de estrella comenzaron a descender rápidamente hacia el cielo, pero tan rápido fue el descenso, que sin darse cuenta, sus estelas comenzaron a desintegrarse en forma de fuegos artificiales, y miles de luces llovieron sobre la Tierra, dispersándose por todo el cielo.
Poco a poco, se fueron apagando como una lluvia de fuegos fatuos sobre unos campos de trigo cercanos, y sus almas se volvieron fugaces, y sus memorias de estrella
desaparecieron para siempre.

II

Pasó el tiempo, y la Luna, el Sol y las demás estrellas parecían haber olvidado a aquellos dos fugaces niños, sus risas y sus juegos....
En un bosque cualquiera, un pequeño duende miraba a una niña que lloraba en silencio mientras miraba la Luna.
Se acercó a ella muy despacito.
- "¿Que te sucede niña? " Le preguntó el duende.
Pero ella, lejos de asustarse, le miró con desgana, y acto seguido siguió observando
la luna, con la misma mirada triste y ausente. Al fin, respondió al duende:
- "No sé, a veces me siento llena de melancolía, y solo me apetece estar sola..mirando el cielo, la Luna y las estrellas, intentando encontrar alguna estrella fugaz".
- "Tengo la sensación de que me falta algo en mi vida, que he perdido
algo, y no sé lo que es.....no lo sé" siguió ella, sonriendo.
Aquella preciosa sonrisa, pareció cautivar al duende, y mirándola largo tiempo, la dijo:
-"¿Porqué no buscas entre las rocas de esa bahía que estas mirando?"
El duende señalaba con su mano hacia un claro. La Luna iluminaba un sendero que moría en una pequeña playa. Justo enfrente, se divisaban unas pequeñas rocas, bañadas por las olas.
- "¿Ahora?" Respondió ella con una gran sonrisa en su rostro, medio incrédula, medio divertida por aquel consejo tan.... sencillo del duende.
-"No soy una cobarde, si eso te contenta, iré donde me dices". Continuó diciendo.
El duende, que no había dejado de mirarla, dijo:
- "Sí, eres tú, no me cabe la menor duda, no puedes ser otra. Allí encontrarás algo que te ayudará a buscar lo que aún no recuerdas haber perdido".
Comentó él en voz baja mientras la sonreía, como si de repente, la hubiera reconocido.
-"No comprendo" Respondió ella, molesta como siempre cuando no entendía lo que decían las personas que la rodeaban.
Pero dicho esto, el duende desapareció repentinamente entre los árboles.
Después de un largo rato en silencio, ella se levantó muy decidida, y bajó a la playa.
El misterio siempre le había fascinado. Bajó el sendero, y al llegar a la playa, decidió sumergirse en el mar. Hacia calor, era aquella una noche estrellada, y no había nadie en la playa.
Comenzó a nadar hasta alcanzar las rocas, y logró encaramarse a ellas. No tenía frío. El Sol había calentado el agua y las rocas lo suficiente durante el día.
Miró a su alrededor, Y al mirar entre la espuma alborotada de las olas, pudo distinguir un objeto brillante que reflejaba la luz de la Luna , medio enterrado en el fondo del mar.
-"¿Qué será aquello que brilla ? " Se preguntó entre emocionada e intrigada.
Entonces se lanzó de nuevo al mar, y buceó hasta poder contemplarlo. Y decidió sacarlo a la playa.
Se quedó atónita al contemplarlo.¡Era una campana de cristal ! pero de un cristal especial.....

III

Se empezó a reír ....
- "¿Para qué quiero yo una campana de cristal ?" Y siguió riendo un buen rato.
Y recordando las palabras del duende, pensó para sí:
- "¿Como puedo encontrar lo que busco, si ni siquiera se yo lo que quiero ?"
A pesar del misterio y del regalo que el duende le había proporcionado esa noche,
un reflejo de tristeza volvió a pararse en sus ojos.
Otra vez se quedó ensimismada en sus pensamientos, tumbada sobre la arena
de la playa, mirando el mar, el cielo y la Luna.
Entonces, algo inaudito sucedió.....
Su espíritu parecía flotar, y comenzaba a introducirse en el interior de la campana....
De repente, se sintió volando por el aire, sin ninguna atadura.
Y al mismo ritmo que sus pensamientos, su alma comenzó a viajar y viajar por todo el mundo, mientras su imaginación se desbordaba.
Fue tan feliz durante ese breve tiempo, que decidió que nunca más se separaría
de aquella mágica campana, y una sonrisa apareció en su rostro para siempre.
Así pasaron los días, y con ellos los meses, y ella siguió viviendo su vida normalmente.
Mientras tanto, de vez en cuando utilizaba su campana para abstraerse del mundo que la rodeaba, y así viajar alrededor de toda la Tierra, volando por el cielo, y contemplando el firmamento desde el cielo, por encima de nubes y tormentas.
En uno de sus muchos viajes, decidió quedarse mirando un día a la Luna,
Posándose en un claro de un bosque cualquiera, como había hecho hace ya tanto tiempo, cuando siendo pequeña el duende apareció en su vida.
De repente, se quedó estupefacta.

IV

A su lado, un lobo plateado, tumbado y sin moverse, muy cerca de ella, parecía mirarla.
- "¿Puedes verme?" Le preguntó ella extrañada. Nadie la había podido ver en estos años cuando se abstraía y viajaba en su campana.
- "Claro que sí" Respondió con desgana el lobo.
No parecía que la mirara extrañado.... y miraba con tristeza a la luna también, de una manera que parecía como si la estuviera observando hace ya mucho tiempo.
No sabía bien porqué, pero ella se sintió de repente feliz de tener a alguien con quien poder hablar y compartir su campana.
- "En todos estos años siempre creí que nadie podía acompañarme en
mis viajes, que nadie podía verme en el interior de mi campana ..."
- "Eso creía yo también" Respondió el lobo, ante la incrédula mirada
mirada de ella.

V

- "¿Tu campana dices?" Aquellas palabras del lobo parecieron sorprenderla mucho.
-"¿Quien eres?" Preguntó ella.
-"No, ninguna campana." respondió el lobo sin mirarla, y continuó:
"Hace ya mucho tiempo, no recuerdo cuanto, que vago por estos campos.
Soy solitario y extraño, y me paso las noches intentando preguntarle a la Luna
lo que no consigo recordar. Tengo mala memoria; Siempre he vivido con la sensación
de haber perdido algo importante en mi vida".
Antes de que ella pudiera decir nada, el lobo se levantaba y se despedía.
- "Tengo que irme....lo siento. No estoy acostumbrado a la compañía".
Y dicho y hecho, se levantó y desapareció en la espesa negrura del bosque.
Ella, totalmente intrigada, decidió preguntar en una aldea cercana, a ver si alguien sabía algo sobre aquel misterioso lobo. Nadie acertó a responderle con exactitud quien o qué era, y todos la miraban entre avergonzados y extrañados por la pregunta.
Así que decidió volver otro día al claro del bosque, cuando hubiera luna llena para poder verle mejor.
Pero pasaron muchos días, y el lobo no aparecía.
Una noche cualquiera, la chica como siempre muy decidida, regresó de nuevo al mismo lugar, utilizando su campana.
Al llegar, descubrió con asombro que.......
Allí se encontraba el lobo, como aquella vez, brillante bajo la luz de las estrellas.

VI

Por fin decidió acercarse a él.
Poco a poco, muy cerca de él, extendió una mano, intentando tocar al lobo.
El lobo, la miró, medio asustado, pero sin embargo, no hizo la intención de huir.
-"Acércate" Le susurró ella en voz queda y dulce, " No temas, no te haré ningún daño"
Y cuando el lobo, poco a poco, se acercó a la brillante campana, algo extraño
comenzó a suceder....
El lobo comenzó a transformarse, hasta convertirse en un chico joven.... cuya cara le era familiar a ella.
Ambos se miraron a los ojos, y entonces, como si estuviera hecha de un fino cristal de aliento y rocío, la campana comenzó a fundirse, cubriéndoles a ambos por completo.
Tanto ella como él se quedaron perplejos. La sorpresa había sido mayúscula para los dos.
- "¿Qué esta sucediendo?" Preguntó él con cara de asombro.
Pero ella no decía nada. En su interior, como si en su mente dos portones cerrados comenzaran por fin a abrirse, comenzó a sentir que estaba a punto de encontrar lo que tanto tiempo había estado buscando. Y su corazón comenzó a latir con más fuerza.
Instintivamente se acercó a él, besándole suavemente los labios.
- "Eres tú.....no puede ser" Dijo ella, ruborizada.
En su memoria comenzaron a brotar como una fuente de chispeantes recuerdos
un montón de imágenes, de colores, de risas y sensaciones que tenía ya olvidadas.
Fue tal la sonrisa que asomó en su rostro, que iluminó con ella todo el claro del bosque
donde se encontraban, y él no pudo evitar sonreír también.
Ni siquiera se dieron cuenta que en el cielo las nubes estaban alejándose rápidamente,
dejando ver un cielo estrellado como pocas veces se había visto por aquel paraje.
La Luna estaba radiante......brillaban mas estrellas que nunca, y poco a poco, el cielo se fue plagando de estrellas fugaces, que semejaban fuegos artificiales.

VII

-"Dame tu mano" Le dijo ella a él, -"Y no vuelvas a separarte de mí" Prosiguió.
_"Ahora ya se lo que la Luna me quería decir... yo te buscaba, y ella me trajo aquí todas las noches para esperarte. Ya nada volverá a separarnos". Pudo por fin articular él.
Tomó las manos de ella entre las suyas, y al besarse de nuevo, lo que quedaba del hielo
de la campana comenzó a iluminarse de una luz blanca cada vez mas intensa, hasta que
sus siluetas desaparecieron por completo.
Fue entonces cuando esa intensa luz se elevó de repente como un rayo hacia el firmamento.

VIII

Dicen las personas del pueblo cercano a aquel claro del bosque, que esa noche vieron una luz tan poderosa que pareció ser mediodía.
Algunos incluso vieron un destello luminoso, casi un relámpago, subir hacia el cielo.
Desde entonces, dos estrellas muy brillantes, una al lado de la otra, casi como si fueran una sola, suelen jugar corriendo por el firmamento.
Si algún vez te las encuentras, pídeles un deseo.....
Solo ellas saben bien, cómo se anhela en la Tierra, encontrar la felicidad.
Seguro que te ayudarán a cumplir tus deseos.

FIN

Miguel Ángel W. "Mawey"
Verano del 2000 ®